Sor Antonia, de pastora a misionera

“Antonia Martínez Rivera ha pasado su último cuarto de siglo de vida en la Isla de Mozambique“

Mucha insensibilidad humana hay que tener para  no alcanzar a constatar que habitamos en un mundo donde hay tanta insolidaridad, sufrimiento, injusticia y desgracias humanas. Nuestro entorno se muestra cada día más hostil ante la actitud - in crescendo- de colectivos, organizaciones e individuos que no han aprendido aún a conjugar algunos verbos como convivir, comprender, ayudar, tolerar… y para los que “el otro” es un eterno enemigo “per se” al que hay que aniquilar, por lo que la xenofobia, el racismo, el odio, la intolerancia y la ausencia de toda cualidad humana se nos ofrecen como detestable tarjeta de presentación. Una seña de identidad que se aúpa a diario a numerosos escenarios, desde los de la radicalidad política a los del extremismo religioso. Vivimos en un mundo cada vez más polarizado, presidido por el egoísmo, la tiranía y la barbarie.


Frente a tan desalentador panorama consuela encontrar ciudadanos, vecinos y convecinos que contra viento y marea apuestan por un mundo cambiante, por una sociedad más justa, equitativa y solidaria. Es el caso de Antonia Martínez Rivera, una valiente almeriense, natural de Oria, de 77 años, que se ha dejado su último cuarto de siglo de vida en la Isla de Mozambique, entregada en cuerpo y alma a los demás y a su fe, pues siempre ha mantenido que la primera necesidad del ser humano es estar alimentado. Sor Antonia es una hermana de Las Franciscanas de la Purísima Concepción, quien en las últimas semanas camina con la ayuda de unas andaderas por los pasillos de la residencia que su congregación posee en el municipio murciano de Lo Pagán, donde cumple ahora su principal misión: tratar de mejorar su salud, sobre la que carga la gigantesca mochila de su impagable labor social –también religiosa- en la antigua colonia portuguesa. Allí, dice ella, que le deparó el Señor su lugar, su sitio y un plan a desarrollar, que es a lo que se ha dedicado hasta que la enfermedad le ha obligado a volver a España. Con tan solo catorce años mostró sus cualidades de entrega y dedicación a los demás, cuando en la aldea granadina de Las Vertientes, limítrofe con la provincia almeriense, se empleó en la atención compartida con el médico titular de los numerosos enfermos que una epidemia de tuberculosis ocasionó. El servicio a los más necesitados y más vulnerables es una tarea que esta emprendedora y valerosa paisana abrazó con tan solo veinte años, cuando frente a muchas dificultades decidió abandonar la casa familiar e ingresar en su congregación, tras desechar el matrimonio y descubrir el recorte de un periódico con la foto de unas religiosas, que el viento había detenido a sus pies. La convalecencia en cama durante un año por una enfermedad pleural y la imagen de una Virgen, que le había regalado su hermano, llevaron a Sor Antonia la llamada del cenobio, si bien no sabía para qué. Castigada de pastora y sin poder salir, el día de su vigésimo cumpleaños decidió escaparse, “fue una escapada dura y difícil –comenta- pero Él y mi Madre Purísima, que amo mucho, me ayudaron.”


Un gran complejo con residencia para jóvenes estudiantes, dos comedores, una farmacia, dos hospitales, varios pozos –uno con el nombre de su pueblo- algunas escuelas y la atención permanente a numerosas personas conformar la única razón de vida de Sor Antonia, quien siempre ha afirmado ser feliz donde están los pobres y necesitados. Es el testimonio vivo del compromiso personal de este modelo de mujer, el de una casi octogenaria pastora almeriense que se fue a Mozambique para regalar amor, solidaridad y generosidad, el de un inmenso corazón que no cesa de pedir respeto y cariño para los demás. Es la Irma  –hermana- Sor Antonia, la pastora misionera que tanto añoran sus mozambiqueños y tanto recuerdan sus paisanos. 





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