Los partidos se van de fiesta

Pero se trata, temo, apenas de eso: de festejos llenos de abrazos y reconciliaciones

Los partidos, en medio de tanta zozobra de lava y pandemia, se divierten, se van de fiesta: la del PCE, con Pablo Iglesias incluido, fue este fin de semana; la del PP, desde este lunes y hasta el domingo; la del PSOE, a mediados de mes. Y hasta Unidas Podemos inicia unas jornadas de ‘reflexión’, a ver si repuntan de la mano inexperta de Ione Belarra. 


Pero se trata, temo, apenas de eso: de festejos llenos de abrazos y reconciliaciones, en los que veremos a Aznar y Rajoy --ni juntos ni revueltos--, a Felipe González y Zapatero, cada uno con los suyos, claro. Es como otro adiós definitivo al pasado: las viejas glorias apoyando a las generaciones nuevas ante la muy larga batalla preelectoral que ya se ha instalado y que concluirá allá por mediados de 2023. Lo que no se acaba de ver, entre tanto fasto, son las ideas rupturistas, un estilo inédito, más conciliador, de hacer política.


Que Aznar y Rajoy, en jornadas diferentes, muestren su apoyo a Casado en una convención que busca apenas (y nada menos) potenciar algo la imagen algo descolorida del Partido Popular es lógico; como lógico es que el alcalde Almeida y la presidenta Díaz Ayuso se presten a entrevistas y fotos juntos para mostrar, a las puertas de la convención ‘popular’, que de sus pretendidas rencillas madrileñas no hay nada. Y nada más natural, ¿o no?, que el hecho de que Felipe González, cuyas diferencias de criterio, de talante y de talento con Pedro Sánchez hace tiempo que dejaron de ser un secreto, acuda a apoyar al actual secretario general del PSOE y presidente del Gobierno en el 40 congreso de ‘su’ partido.



Son las cosas que gustan a nuestras folclóricas formaciones políticas: mítines de abrazos y, sobre todo, de aplausos militantes y entusiastas. Eso, mucho más que ir a hablar seriamente en el Parlamento, que hace siete años que no conoce un debate sobre el estado de la nación. 


De la frivolidad que nos corroe dan buena cuenta las reconversiones en tertulianos, o en entrevistados de lujo, como próximamente Iván Redondo, de los ex que hicieron y deshicieron casi a placer en el país. Se acaba la poltrona y llega el micrófono de la radio o la televisión para, en el fondo, seguir callando --con muchas palabras, eso sí-- lo que cuando se estaba en el poder se ocultaba, que no hay que herir susceptibilidades ni provocar posibles ‘vendettas’ del ‘jefe’.



Este, el de los aplaudidores pelotas y las falsas reconciliaciones entre los afines, va a ser el marco que va a definir este octubre la superficie del clima político, tan enrarecido en el fondo, que respiramos. Olvidemos cuanto antes el ridículo hecho por el ‘caso Puigdemont’ y montemos cuanto antes la Mesa del diálogo imposible, que la consigna es simplemente pirotécnica: ganar tiempo. ¿Que los jueces están enfadados? Que les den, que no nos distraigan, que estamos de fiesta, digo de convención, de congreso, de mítin, llenando plazas de toros que son como un botellón político. ¿Y después? Pues después... lo que dijo el flemático lord inglés ante el incendio de su ‘manor house’: qué disgusto me voy a llevar mañana.


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