Una aventura en Extremadura

“Al caminar por la vereda de la garganta, me vino como un flas“

Salí de casa buscando una habitación propia, sin embargo, a pesar de haberla conseguido, no he sabido aprovecharla. Era todo tan extraño, que me resultaba imposible concentrarme en otra cosa que no fuera mi propia desesperación en esas tardes interminables. 

Después de firmar mi nombramiento, en la muy bella ciudad medieval de Cáceres, me enteré de que me dirigía a un juzgado trinchera. Así les llaman a los juzgados que son reagrupación de otros, donde el trabajo abunda por su presencia constante y permanente en forma de montañas de papeles almacenados allí durante meses e incluso años.


También me enteré, una vez que estaba alojada en un hotel de Navalmoral de la Mata, que mi padre estuvo por esas tierras, en el Frente de Extremadura, durante la Guerra Civil. ¿Tenía yo que cerrar algún ciclo vital relativo a mi padre? 



El uno de agosto empecé a vivir en un apartamento que alquilé en el pueblo de Talayuela, lugar de mi centro de trabajo, aun a sabiendas que me sería imposible salir de allí sin tener coche propio, y con un transporte público que no funciona los fines de semana, pero dispuesta a vivirlo todo intensamente, y la llevo en mi corazón, oh, Talayuela de mi amor. 


Acercarse un sábado o un domingo a una garganta de la Comarca de la Vera para refrescarse en esas aguas frías que bajan de la sierra, y hacen más llevadero el verano extremeño, es un horror de coches. 



Sin embargo, tuve la suerte de hacer una excursión con un desconocido, que se había criado al lado del Monasterio de Yuste, y lo recorrimos juntos mientras me hablaba de su infancia corriendo por allí, cuando el monasterio lo llevaban unos monjes. Luego subimos a un pueblo típico construido de piedras y madera llamado Garganta de la Olla, y allí me bañé como una rana en el Charco Calderón.


Pero antes, al caminar por la vereda de la garganta, me vino como un flas cuando vi a una chica radiante de felicidad, metida en una pequeña cascada. Imagen inolvidable. Como la envidia que me da Carmen Maura cada vez que en “La ley del deseo” grita, riégueme, al empleado que va con la manguera lavando por las noches las calles de Madrid. 


Qué gusto, siempre he querido hacer una cosa así. 


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