Las casas desiertas

“Se nos va el verano como una pupila por donde ha soplado un viento de pétalos perdidos”

Se nos va el verano con la fugacidad de un rayo. Declinan los días rendidos cuan vasallos del ocaso, y nos vamos a desgana de los cielos que han cobijado días, acaso semanas, de esa suerte de ausencias que ha albergado nuestras vidas. Ausencias de rutinas, de los rostros y las voces que acompañan las extorsiones y los chantajes del tiempo, la inmediatez, las urgencias y el estar al día de cuanto imponen los señores de este mundo. Ausencias que mañana, una vez más, serán presencias que nos desvelarán  la vulgar cotidianidad que, tal vez de manera imperceptible, abrigue nuestra sombra durante un largo trecho de este andar haciendo camino. En muchos lugares de nuestra particular geografía todas las horas de todos los últimos días han compartido idénticas secuencias de la misma filmografía: la incertidumbre interior de cada uno de nosotros cuando hemos cruzado, quizá sin un piadoso resquicio a la reflexión contemplativa, el umbral de la puerta que se nos abrió semanas, días, meses atrás, para regalarnos ese sueño de ausencias que, de alguna manera, significa el verano. El último gesto, dar la doble vuelta a la llave y echar la cerradura, tras cerciorarnos de que el portón queda bien anclado, se nos antoja el epílogo de la historia que, acaso sin pretensión concreta, hemos escrito y que ahora comparte estancia, la personal de cada uno, y la que dejamos inanimada entre los muros que nos han acogido.


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