Cuba: la conjura de los cínicos

“No hay dictaduras malas ni dictaduras buenas”

\"No hay dictaduras malas ni dictaduras buenas\"
\"No hay dictaduras malas ni dictaduras buenas\"

Después de 72 horas de bombardeo informativo permanente en la televisión, la noche D había llegado. Lili acababa de entrar en la isla por Matanzas y en Varadero los turistas, españoles la mayoría, pasábamos las horas entre la piscina, los bares del todo incluido y la habitación. Nadie había vivido un huracán y la espera transcurría entre la excitación contradictoria de lo desconocido y la inquietud atrayente del miedo. Por eso aquella noche nadie durmió. El amplio espacio central del Meliá se había convertido en el patio fortificado de un El Álamo en la espera del asalto final. Apenas habían pasado unos minutos de las tres de la madrugada cuando un foco de luz rompió la monotonía salpicada de ron y cohibas de aquellas vísperas cuando un haz de luz y una cámara de video iluminaban aquella figura ya icónica. Fidel estaba recorriendo esa noche todos los hoteles de Varadero y acababa de llegar al nuestro. En medio de aquel espacio sorprendido y lleno de emociones encontradas, el comandante mandó callar con el leve movimiento de su mano. “Queridos hermanos españoles -comenzó-, no tengan miedo, la defensa civil revolucionaria lo tiene todo controlado. No se preocupen, aquí están seguros. Se han adoptado todas las medidas para que nadie corra ningún peligro. Hagan caso a las recomendaciones. Dentro de 48 horas volverá la normalidad”. Un fuerte y unánime aplauso puso fin a la breve aparición del líder cubano quien, como un supermán contra las fuerzas de la naturaleza, volvió a embutirse en el chubasquero militar y salió a la búsqueda del próximo hotel. Y así toda la madrugada.



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