Los tabúes (y II)

Nuestra sociedad admite complaciente lo que decidan las mayorías aunque estas yerren

Alberto Gutiérrez
00:47 • 12 jun. 2021 / actualizado a las 07:00 • 12 jun. 2021

Tabú es lo que no nos dejan decir y, a veces, también lo que no nos permiten pensar o sentir”. Así define el periodista Jon Sistiaga el tabú, que Juan Soto Ivars relaciona, entre otras cosas, con lo que él llama el narcisismo tribal. El identitarismo está anulando el debate porque muchos se apuntan a un colectivo en el que depositan su victimismo y, por tanto, su intocabilidad. Lo intocable huye de lo pagano y se asienta en lo sagrado como una religión.



Soto Ivars pone ejemplos de colectivos que se atribuyen a sí mismo poderes cuasi taumatúrgicos, que los invalida como sujetos expuestos a la crítica, de modo que cualquiera que trasgreda esa línea roja sufrirá de inmediato la cultura de la cancelación. En Estados Unidos ya son habituales las campañas hostigadoras desde las redes sociales para boicotear a una persona o a una marca empresarial por motivos peregrinos o infundados. Los tribunales populares, las nuevas guardias pretorianas del tabú, emprenden estas acciones para proteger a su tribu y, de paso, echar tierra sobre la libertad y la democracia. No hay razón que valga, salvo la mía, parecen decir.



Una de las películas que mejor podría explicar todo este despropósito es ‘Doce hombres sin piedad’, protagonizada por Henry Fonda, en donde la mayoría de miembros de un jurado alberga una certeza que el personaje de Fonda va desmontando. Esto resulta aún más llamativo en nuestra sociedad, que admite complaciente (y sin cuestionarse) lo que decidan las mayorías, aunque estas yerren por completo. Y no seré yo quien abogue por otro sistema político, pero la propia democracia contiene en este aspecto su propio tabú. De ahí que muchos pensemos que los ciudadanos deberían estar muy bien informados sobre la actualidad política para votar con fundamento



Siempre me acuerdo de un entrenador de fútbol, creo que del Barcelona, que entonces atravesaba una crisis de juego y resultados. El público del estadio quería echarlo mediante pañoladas cada domingo. Sin embargo, el presidente se mostró firme en su posición de mantenerlo y el equipo acabó ganando varios títulos. No siempre las mayorías tienen razón. De hecho, no tienen por qué tenerla.



Las mayorías no se legitiman por la razón sino por la suma de sus voces y sus votos. Y que siga así siempre, pues las oligarquías y por supuesto las dictaduras serían del todo inasumibles. Sin embargo, sí creo que la prensa, la universidad y los ciudadanos en general debemos desnudar los tabúes, como me contaba Albert Boadella en una entrevista: “Los tabúes son mi oficio, vivo de desmontarlos”.



Y acabo con una reflexión de Félix Ovejero, al hilo de Cataluña y los indultos. Dice el escritor y profesor de la Universidad de Barcelona que hace unas décadas en los estados sureños de Estados Unidos la inmensa mayoría de los blancos querían mantener el segregacionismo racial. Pero, por suerte, las leyes de la nación lo impidieron y se estableció la libertad y la igualdad entre todos los ciudadanos. Aquellos blancos eran racistas -o no-, pero sobre todo querían mantener sus privilegios. En Cataluña los nacionalistas e independentistas van imponiendo día tras día y generación tras generación un relato de victimismo que les va concediendo privilegios a ellos y negando los derechos a quienes no piensan igual. Pero algunos, a este lado del Ebro, no quieren darse cuenta de que el Estado tiene el deber moral de acabar con el veneno del independentismo y el separatismo. Miran hacia otro lado o lo visten con palabras edulcoradas para aplazar el problema e incluso descalifican a quien no está de acuerdo con sus postulados exculpatorios. Es el ejemplo perfecto que describe Soto Ivars: cómo el tabú asfixia la democracia occidental. Los catalanes no nacionalistas lo están pagando. Y es la ley lo que les debe amparar, pero, desgraciadamente, allí la ley es tabú.






Temas relacionados

para ti

en destaque