Los íntimos museos

Soplaba el viento del sur en aquellas tardes interminables de los días felices de pan y chocolate, cuando las horas –como sentencia en la actualidad el reloj pausado del campanario de mi pueblo- no transitaban por los sesenta minutos reglamentarios, sino a través de sesenta veces sesenta minutos. Tiempo para el tiempo que nos dejaba tiempo para colocar en pie los cartones de las cajas de mixtos o cerillas sostenidos sobre la piel terráquea de nuestras calles y comenzar la ronda de tiradores para derribar el cartoncillo de turno. El jugador que lo tumbara se lo llevaba como premio y lo incorporaba a su particular colección de “santos”, que es como denominábamos a las sencillas ilustraciones de las cajas de fósforos, objeto de trueques e intercambios interminables.

Más allá de la Meseta ululaba el viento del norte en tierras de Sanabria. En uno de aquellos pueblos, por encima de la estepa castellana, abrazaba la recuperación de una de las infantiles enfermedades un pequeño paciente, de nombre Gerardo, que aliviaba su cuarentena en cama con la lectura de todo cuanto cayera en sus manos, sobre todo con los tebeos que le prestaba su amigo Carlitos, el hijo del maestro de la localidad, quien a su vez recopilaba los cromos de los futbolistas de los equipos de la Liga que regalaban las tabletas de algunas marcas de chocolates.



Un venturosos día, la madre del enfermo llevó a casa una de aquellas tabletas que -dichosa casualidad- contenía el único cromo del jugador que faltaba al hijo del maestro para concluir su colección. Paciente y proveedor de tebeos cerraron un trato: Gerardo entregó su cromo a Carlitos, quien a cambio le cedió toda su colección de tebeos. Con el álbum completo de los cromos futboleros, la madre de Carlitos pudo obtener una moderna plancha eléctrica que alivió sus fatigosas horas de planchado a carbón. Algunos años después, Juan, hermano menor  de Gerardo,  elaboró una suerte de artesanas cartucheras con algunas de las chapas coleccionadas de todos los refrescos existentes en aquellas décadas de los cincuenta y sesenta, que a modo de cinturón ceñía sobre su cintura.




Hijos de la ingenuidad de aquellas etapas de nuestras respectivas existencias, un servidor con sus “santos” de los fósforos,  el enfermo niño Gerardo con sus tebeos, Carlitos con sus series de cromos futboleros y Juan con su compilación de chapas, nunca fuimos conscientes de que con aquellas colecciones podríamos haber creado unos singulares medios que con posterioridad hubieran servido para el intercambio cultural, el enriquecimiento de las culturas, el desarrollo de la comprensión mutua y de la colaboración y de la paz entre los pueblos, que son los principales objetivos que definen los museos. A fin de cuentas todo museo ha tenido su origen en  la recogida y conservación de objetos, si bien cuando son valiosos se les da el nombre de bienes culturales y que, en principio,” se recopilan para la ostentación de poder, admiración de sus características…”.


Desde hace 40 años, el pasado día 18, se celebró el Día Internacional de los Museos, una efeméride  que cada año cuenta con mayor participación de estos centros. Dicha celebración me lleva a rememorar  las aludidas colecciones y a sus compiladores. Pero también detiene mi reflexión en cómo, sin pretenderlo, la caída progresiva de las hojas del calendario va incorporado diferentes elementos en nuestra trayectoria vital. Unos objetos inmateriales que se depositan en distintas dependencias del alma y que bautizamos con nombres de sentimientos y de vivencias, de afecto y desafecto, de  amor y desamor, de dolor y gozo, de tristeza y alegría, de consuelo y desconsuelo…Emociones y experiencias infinitas que acuñan historias únicas que nos sumergen en un permanente viaje interior que nos hace museos de vida, que nos convierte en íntimos museos que cada día celebran su Día y que abren y cierran sus puertas a voluntad propia. Es el íntimo museo que cada cual porta en su mochila humana.

 


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