Las malas compañías

Se sabe que para el común de las madres, sus hijos son invariablemente buenos, de suerte que si se adentran por la senda del gamberrismo, la bronca callejera, la holgazanería o el delito, ello se debe, invariablemente también, a las malas compañías. Isabel Díaz Ayuso, tal vez porque, no siendo madre, cree vivir ajena a las calamidades que conlleva su influjo, abraza alegremente la perspectiva de rodearse no ya de malas, sino de pésimas compañías.


Vox es, en efecto, una mala compañía, y la posibilidad de que de ese compadreo futuro salga una aberración como la de nombrar consejera de Educación a quien se solaza en demostrar al prójimo que carece enteramente de ella, esa Rocío Monasterio de meliflua e inquietante expresión, no es lo peor que puede salir del abierto machihembramiento en Madrid del PP con la formación ultraderechista. Porque si Ayuso gana las elecciones y quiere seguir gobernando otros dos años, habrá de hacerlo, sí o sí, con esas malas compañías, y si no sabe las terribles consecuencias que eso puede acarrear, que le pregunte a las madres.


Si algo necesita Madrid, como cualquier gran ciudad o territorio medianamente civilizado, es concordia, igualdad, tolerancia y raciocinio, justo lo contrario de lo que Vox puede proporcionarle. No es que Ayuso ande muy sobrada, en sí misma, de las potencias que se precisan para verter esos bálsamos políticos sobre la población, pero su ineluctable conchabamiento con una extrema derecha con mando en plaza no auguraría sino el desastre. Ello no empece, sin embargo, para que medio Madrid piense que la misma Ayuso es, sin el concurso de nadie, su propia mala compañía, pero con Vox en el gobierno regional desaparecería incluso el débil freno de un Casado que aún sueña sueños vagamente centristas para despertarse algún día en La Moncloa.



Otra cosa es, ciertamente, la movida de Pablo Iglesias, que con sus pobres expectativas electorales pugna por dirigir y distorsionar los pasos en campaña de las otras izquierdas, de las no pablistas y más verdaderas, extorsionándolas y recurriendo incluso a la mendacidad de acusarlas de tibieza con el fascismo por no haber abandonado en el instante que él quería el tristemente célebre debate de la SER.


Pero qué difícil es, tanto como necesario, eludir las malas compañías.




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