Son unos broncas

Tras pasar la mañana siguiendo el debate parlamentario en el que Pedro Sánchez presentó -por novena vez_su decisivo plan de reconstrucción económica e inversión de los fondos europeos, creo que al fin he encontrado una palabra que define a nuestros gladiadores políticos en el Coliseo (perdón, Congreso) de los Diputados: son unos broncas. Eso: unos broncas. Que, con algunas honrosas excepciones -entre las que no están ni Sánchez, ni Casado, ni, menos aún, Echenique y Adriana Lastra, y no hablemos ya del ayer ausente Rufián o de Santiago Abascal, claro----, se atacan con creciente ferocidad unos a otros, se regañan achacando al otro todo lo malo y a sí mismos todo lo bueno, se acusan de fascistas o de comunistas o de lo que sea, e imposibilitan cualquier acuerdo para combatir al enemigo común, que ahora es un virus y dentro de poco serán una espantosa situación económica y, a este paso, también una falta de credibilidad internacional.


Y, sin embargo, a las gentes que contemplamos el espectáculo en el circo romano de la Carrera de San Jerónimo no nos queda sino esperar que todo este proyecto planteado por Sánchez y que será aprobado formalmente, al fin, en los próximos días, salga bien, por la cuenta que nos trae. Es, o podría serlo, o debería serlo, una revolución en toda regla, en la que aún falta plantear las reformas en la Administración y en las estructuras democráticas más deficientes, reformas que son cada día más necesarias. Y que, dicho sea de paso, me parece que son crecientemente demandadas por una Europa a la que todos los días le llegan, algunas de ellas razonables, quejas de colectivos españoles, incluyendo una parte de los jueces. Claro que de eso Sánchez nada dijo.


Pero claro, la bronca todo lo oscurece y el cada día más notable enconamiento entre las dos Españas todo avance sustancial impide. Hay que insistir en que esta política testicular, enfurruñada, consistente en aplastar al adversario y no en tratar de mejorar sus propuestas, a nada nos lleva. Y lo vamos comprobando en cada sesión parlamentaria, en cada rueda de prensa -cada día con menos preguntas, por cierto--, en cada comparecencia pública y privada de nuestros representantes, sean de la formación que sean. En fin, otra oportunidad tirada por la borda de haber ofrecido al país la imagen de todo un arco político cooperando para sacar a la nación adelante en torno a un proyecto que pueda resultar creíble, para nosotros y para los europeos. Lamenté haber perdido la mañana. Y, además, sé que decirlo me costará alguna bronca, cómo no.





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