Imprescindibles y ausentes

Los humanos no siempre encuentran lo que buscan. A veces todo se vuelve en contra y las pretensiones iniciales no se asemejan en nada a los resultados finales obtenidos. Algo parecido es lo que debió ocurrir con nosotros que, según las crónicas, nacimos de la desconfianza que mostraban los militares en la China antigua de Qin Shi Huang, un autoproclamado primer emperador del país mandarín  que se hizo famoso por los guerreros de Terracota que ordenó construir en su mausoleo. Los soldados de su imperio se palpaban para comprobar que no portaban arma alguna, es decir se cacheaban para constatar que estaban desarmados.


Sin embargo, con el transcurso del tiempo crecimos, nos desarrollamos, adquirimos madurez y nos adoptaron la especie humana y también algunos integrantes del reino animal como los gatos, los gorilas, y hasta los leones, a quienes hemos sido de gran utilidad, muy diferente a la pretendida razón que, cuentan, nos trajo al mundo.



Nuestra presencia ha sido imprescindible desde el instante primero de sus vidas, para las que hemos sido fuente de calor, además de blindarlas ante numerosos peligros, pues la protección, la seguridad y el cuidado figuran entre los cometidos principales de nuestra existencia. Hace algún tiempo,  a medida que crecíamos nos sentíamos algo olvidados, como si se nos hubiese relegado a la última fila de los comportamientos, sobre todo de los humanos para quienes se nos antojaba que éramos  más prescindibles, menos necesarios, casi como si nos hubieran encasillado en la rutina de sus vidas, en las que cada vez se hacía más ocasional nuestra asistencia.




A lo mejor todo esto era una mera sensación propia, tal vez pasajera o fruto de nuestra alta estima, aunque algo de realidad había, si bien ésta no imperaba por igual en todos los grupos y colectivos de naturaleza humana, pues jamás fuimos despreciados ni abandonados por los bebés, ni tampoco por los adolescentes o, incluso, por los jóvenes. Nos sentíamos más huérfanos en numerosos adultos que parecían que tenían todo cuanto precisaban y  en su vocabulario ya no contaban la amistad, la comunicación no verbal, el respeto, la educación, la ternura, el cariño, el afecto o el amor, entre otras cualidades y sentimientos que habían  heredado como un preciado legado de sus antepasados.

En esa tesitura nos hallábamos cuando, paradójicamente, hace poco más de un año que desaparecimos para la generalidad humana. Apenas hemos sobrevivido. El temor y el miedo pandémicos nos han ensombrecido y nos han convertido en algo prohibido. Desde entonces no somos adherentes  ni vínculos sinceros de pieles distintas, pero la irrupción en la vida humana de la actual situación ha revalorizado nuestra existencia. Ahora sabemos que se nos añora, pues nuestra ausencia se resiente en el ser humano: tiene menos alegría y escasa paciencia, sufre más estrés y ansiedad, ha bajado su autoestima, está de peor humor, le cuesta más superar el dolor y es menos comunicativo, entre otras consecuencias.

 Nunca nos contagió la soberbia, pero hemos protagonizado hechos históricos de gran relevancia, cuyo fiel testimonio se alberga en anales y archivos: El fin de conflictos, - acuerdo de Bergara, que cerró la primera Guerra Carlista-, los compromisos de paz –Richard Nixon y Mao Tse-Tung- los reencuentros, la reanudación de relaciones, etcétera. Claro objeto del deseo de muchos autores, hemos sido y somos protagonistas, desde los más remotos tiempos hasta nuestros días, de innumerables obras en diferentes estilos y artes: escultura – homenaje a los abogados asesinados en el despacho de la calle Atocha de Madrid-; pintura –Picasso, Juan Genovés, Egon Schiele-; literatura –Eduardo Galeano- y un sinfín de ejemplos. 

Sentimos  cierta confortación, semanas atrás, cuando los besos, nuestros hermanos, les contaron en estas páginas qué ha sido de ellos en este anómalo escenario. Yo soy, nosotros somos el abrazo, los abrazos, sus inseparables y fraternales semejantes de idéntico sino. Abrazos de ayer que hoy no tenemos, algo que todos sabemos y tanto olvidamos: “el abrazo, el primer gesto que hace un ser humano y el último”. Abrazos que siempre quisimos  dar y nunca nos atrevimos, abrazos de quienes tantos  nos dieron y los dejamos sin acuse de recibo.

Abrazos sentidos de adioses y despedidas imposibles, abrazos de padres, abuelos y nietos,  abrazos necesarios, de amor, abrazos de amistad, abrazos cálidos, apretados, de saludo, de alegría, de emoción, de confortación, de consuelo, de ánimo, de seguridad, de ayuda, de protección, abrazos siempre porque como subraya Eduardo Galeano, “el contorno entre nuestro inicio e inevitable final dibuja un territorio de desafíos a los que todos estamos condenados a enfrentar; quizás pueda ser ese espacio habitado por incontables abrazos, quizás uno de los mayores y escasos tesoros que vale la pena acumular”. Un tesoro perdido en nuestros días, más aún para los migrantes que, presos de la impotencia e incomprensión ajena, dan a sus hijos el último abrazo para tratar de aventurarles un futuro sin hambre y en paz. Son los abrazos, esa otra caricia del alma, imprescindibles y ausentes.


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