El lenguaje del corazón

El mundo no sería el mismo sin nosotros. De hecho no lo es para quienes la naturaleza les ha privado de nuestra presencia, bien en el alfa de su existencia o con posterioridad Nuestro origen se remonta al de la creación. Nuestras puertas tienen la llave de la vida al poco de arribar ésta el planeta. En algunas especies somos tan precisos que nuestra orfandad puede ser letal, dado el uso defensivo que desempeñamos, incluso en el más hostil de nuestro hábitat, el de las tinieblas.  


Sin nuestro imprescindible concurso la parálisis del planeta sería un hecho irrefutable con consecuencias impredecibles. La movilidad del mundo es esclava inexcusable de nuestra voluntad. Cualquier desplazamiento en cualquier medio de transporte ha de contar con nuestra presencia. La navegación aérea y marítima, el tránsito rodado y ferroviario, el viaje en globo o en parapente están sometidos a nuestra disponibilidad. Ni la ciencia ni la tecnología han logrado, hasta ahora, desarrollar un sustituto que nos permita hibernar o tan siquiera tomarnos unas pequeñas vacaciones. Nacemos cada día con la apertura horizontal de nuestros postigos y en cierto modo morimos cada noche, cuando éstos se cierran en cada uno de nuestros indispensables portadores, sin cuya generosa hospitalidad no podríamos subsistir, pues no somos nada sin oquedad animal o humana que nos albergue.






Fuimos dotados de una compleja maquinaria orgánica que, aun cuando no tiene suplencia técnica alguna, sí puede ser sometida a parciales reparaciones y puestas a punto mediante la intervención de expertos y hábiles mecánicos, quienes, según los casos, eliminan sombras y velos y/o ajustan la graduación más adecuada para que podamos cumplir con la máxima precisión nuestra principal función. Nuestro engranaje está conectado al ordenador central de cada ser, en donde se obtiene el resultado final de los laberinticos procesos a los que nos entregamos para ejecutar el valioso cometido encomendado, y en una sola fracción de segundo indicamos el tamaño, la forma, el color y la textura de los objetos.


No somos presuntuosos, ni mucho menos. Nuestra humildad nos mantiene íntimamente unidos a los seres que nos acogen, a quienes tenemos a gala facilitarles innumerables descubrimientos y enseñanzas. En el caso de la acogida humana, sabemos que hemos generado la primera lágrima, hemos obsequiado con el primer rayo de luz y hemos enojado con la nada de la oscuridad, al tiempo que hemos enseñado la multicolor paleta natural del arcoíris.  


Hemos contribuido a admirar genéricamente la belleza de la naturaleza: a que el ser humano quede absorto con el espectáculo del firmamento, a que goce con la inmensidad de los océanos, a quedar cautivado por la grandiosidad de la selva y de los bosques, a impresionarse con la contemplación de las nevadas cumbres de los sistemas montañosos, a valorar la fisonomía de una orquídea y de un papagayo, a poder seguir el veloz vuelo del halcón peregrino, a dotar de identidad a cosas, incluso  a olores y sabores…Hicimos, hacemos y seguiremos haciendo tanto en la vida del reino animal  y   de los humanos que, por ejemplo, usted, usted y usted…y todos los lectores pueden desmenuzar estas torpes líneas hilvanadas gracias a  nosotros: ¡los ojos!, esos órganos de la vista en el hombre y en los animales. Ojos contados y cantados: “Ojos verdes”,  “Esos ojitos negros”, “Aquellos ojos verdes”, “Ojos de gata”… 


Ojos que son el espejo del alma, ahora más que nunca. Ojos que antes compartían rostros, pero que ahora son algo más que un faro porque la pandemia nos robó la sonrisa y la expresión, y han tenido que ser ellos los que hablen por nosotros. Los que han visto cómo puede cambiar la vida en un aliento o los que han visto más de lo que hubieran querido: la soledad, el desconocimiento, la incertidumbre, la muerte… Ojos por donde ha pasado toda una vida, pero nunca se nublaron como ahora. Imposible cerrarlos ante tanto dolor, pese a que algunos miren para otro lado porque –ya se sabe- ojos que no ven corazón que no siente. Ojos que vieron, como los del abuelo –me cuentan- que ahora precisan del tacto de los dedos para imaginar la faz de sus nietos. Es verdad que las mascarillas realzan la belleza de los ojos y dan un valor especial a la mirada. Solo hay que mirar a quien nos mira. Mirar a los ojos, dicen, es beneficioso en tiempos turbulentos.


Ojos para mirar, la mejor forma de reflejar lo que siente el alma. Miradas de ahora y de antaño que en la virtualidad tecnológica despiertan sentimientos guardados en el desván del corazón, porque ver tu mirada es como estar mirando el cielo. Miradas que transitan por las autopistas del alma. El alma que –como sentenciara Gustavo Adolfo Bécquer, a propósito de la celebración, ayer, del Día de la Poesía- hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada. Miradas sinceras, miradas que hablan, miradas cómplices, miradas de amor; mirar para que nos miren, mirar… para hablar con el lenguaje del corazón, que acuñara William Shakespeare.


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