Los milagros que trajo la penicilina

En 1946 un obrero que estaba a punto de quedarse ciego recuperó la vista con unas gotas

La farmacia de José Durbán, de la Puerta de Purchena, fue de las primeras donde los almerienses pudieron comprar los medicamentos de penicilina.
La farmacia de José Durbán, de la Puerta de Purchena, fue de las primeras donde los almerienses pudieron comprar los medicamentos de penicilina.
Eduardo de Vicente
19:59 • 23 feb. 2021 / actualizado a las 07:00 • 24 feb. 2021

Hubo otras guerras después de la guerra civil. Cuando cesaron los disparos y los uniformes regresaron a los cuarteles, empezó la batalla del miedo, de las represalias, de los juicios sumarísimos y la gran guerra del hambre y la miseria que hicieron estragos en una ciudad arruinada.



Detrás del hambre vinieron las enfermedades. Había largas colas de mujeres con las ollas en las manos esperando desde la madrugada en las puertas de los dispensarios que Auxilio Social puso en funcionamiento por los barrios más necesitados, y grandes listas de espera para poder ser atendidos de las graves enfermedades que se desataron después, cuando el tracoma dejaba ciegos a niños y viejos y cuando la tuberculosis se llevaba por delante a familias enteras



La maldita tuberculosis que no respetaba ni las clases sociales, aunque siempre tenía más posibilidades de salir adelante el que podía llenar el estómago tres veces al día que aquél que se acostaba todas las noches sin cenar, soñando con una sartén de migas o un boniato cocido.



No había ninguna medicina para aquella enfermedad que te podía llevar al otro mundo por un simple constipado. “Un resfriao mal curao, un tísico confirmao”, decía una de las frases que se hicieron populares en aquel tiempo. Era difícil encontrar una familia que no hubiera sufrido en sus carnes esta maldita infección que tenía a toda la ciudad bajo sospecha. Bastaba que alguien estornudara en público para que se hiciera un silencio a su alrededor. 



En aquellos años de la posguerra se  puso de moda el pueblo de Felix porque se decía que su microclima favorecía la recuperación de los pulmones dañados. Las familias que se lo podían permitir llevaban a sus enfermos al pueblo, que llegó a alcanzar tanta fama que fue bautizado con el apodo de ‘el sanatorio’. El aire sano de montaña, una buena alimentación y el reposo necesario, fueron los ingredientes perfectos para que muchos de los enfermos que  pasaron por allí consiguieran curarse.



La tuberculosis azotaba con tan virulencia que las autoridades sanitarias tuvieron que forzar la máquina para poner en marcha un sanatorio para recibir a los niños enfermos y a aquellos que corrían el peligro de contraer la enfermedad. El espléndido chalet de la familia Batlles, frente a la estación del ferrocarril, fue el escenario escogido para abrir el sanatorio antituberculoso de el Niño Jesús. 



Cuando abrió sus puertas, en diciembre de 1944, el lugar era un paraíso en medio del campo. El ambiente fértil y subversivo de la Vega de Almería se apoderaba de todos los rincones y los niños se alimentaban de aquel aire recostados en las tumbonas de la galería de reposo. El director del Preventorio, el médico Carlos Palanca La-Chica, pasaba consulta todos los días a las cuatro de la tarde junto al doctor del centro, don Luis López Gay. 




En aquellos primeros meses de vida del Preventorio ya se empezaba a hablar de los milagros de un nuevo medicamento llamado penicilina, que estaba curando enfermedades infecciosas que no tenían remedio. 


En el mes de enero de 1946, Almería celebró la sorprendente curación de un hombre que estaba a punto de quedarse ciego gracias a un tratamiento a base de gotas de penicilina. El caso llegó hasta las páginas de los periódicos. El oculista del Servicio Municipal de Oftalmología, don Antonio Campoy Ibáñez, llevó a cabo el experimento con el obrero Francisco Abad Mesas, residente en Canjáyar. Había acudido a la consulta sin visión en el ojo derecho desde hacía tres años y a punto de perder el ojo izquierdo por una infección ulcerosa. Ante tal protocolo de ceguera completa, el doctor inició un tratamiento con penicilina que le devolvió la visión de ese ojo.

Las propiedades milagrosas del nuevo medicamento provocaron una gran demanda que las autoridades sanitarias no podían atender, ya que la penicilina no se podía adquirir entonces en las farmacias. En febrero de 1947, la Cruz Roja de Almería estableció un servicio de penicilina de urgencia para atender los casos que llegaran bajo la obligatorio prescripción facultativa. 


Hasta 1950, la penicilina no empezó a despacharse en las farmacias de la ciudad y siempre de forma restringida, lo que provocó la aparición de un mercado negro. El contrabando de los antibióticos llevó a las autoridades a emitir informes continuos en la radio  y en la prensa local alertando a la población del peligro que suponía adquirir la penicilina por conductos que no fueran los reglamentarios.



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