Realidad o sueño rural

Hubo un tiempo en el que los desplazamientos del ámbito urbano a los entornos rurales siempre tuvieron la consideración del viaje hacia la buena vida, el aprecio de una bocanada de aire limpio con el que cargar las pilas para subsistir en el medio asfáltico, casi el viaje a un paraíso idílico, donde los abuelos dormitaban entre pavesas de chimeneas humeantes en los periodos invernales, o donde calentaban sus huesos con los rayos de primavera y cobijaban sus sepias historias al abrigo de sus manidas gorras y sombreros de fieltro. Por el contrario, hubo un tiempo en el que los traslados a la ciudad guardaban la atrayente tentación de un viaje al mundo vital, donde el bullicio, el trasiego humano, los paisajes de neón, la algarabía ciudadana representaban la llegada a un cosmos privilegiado donde había de todo y para todos. Aún hoy, en el trasfondo de ese doble flujo entre las abigarradas ciudades y los recónditos lugares de la España rural pervive el pálpito de esos contrapuestos escenarios.


Desde la llegada de la pandemia y tras los sucesivos confinamientos, la urbe, los territorios con gran concentración demográfica y sobre todo las grandes y cosmopolitas ciudades han hecho sentir a muchos de sus numerosos habitantes la sensación de sentirse presos y hasta una suerte de agorafobia que les ha llevado a  plantearse una escapada o huida, más allá de la particular trayectoria urbana de cada cual. 


Mi vecina María, que es abuela y madre de cinco hijos, negoció con su hermano la participación en el negocio de hostelería que regentaba en la bulliciosa y animada costa malagueña. Tras cuatro años sin poder disponer de unas mini vacaciones, aprovechó la escapada de un fin de semana para visitar a su amiga Lidia, quien desde hace algunos años reside junto a su pareja en una casa de campo con un pequeño terreno, en un paraje de la Rambla de Oria. María descubrió en tan sólo tres días que la tranquilidad, el sosiego y el hecho de encontrar todo a mano le habían liberado del estrés que venía sufriendo desde hacía  tiempo. No tuvo que pensarlo mucho, bastaron unos minutos para que tomara la decisión de cambiar radicalmente su vida. Dice que nada más verlo se había enamorado del pueblo. Buscó una vivienda lo suficientemente amplia para ella y su madre y se trasladaron a vivir a este municipio rural, en donde, tras fallecer su progenitora, ella continúa y dice que por mucho tiempo. Ha empatizado con la vecindad, se ha olvidado del uso del coche y ha creado su propio huerto donde cultiva toda clase de hortalizas. Asegura mi vecina que ha logrado sentirse en paz, alejada del ajetreo y la inquietud que le causaba el ritmo de vida que había llevado hasta que, supuestamente, acertó en su decisión.



Alicia y Jorge conforman una joven pareja que residía, hasta hace unos meses, en el  centro de la capital del Reino, donde él ha regentado un negocio de componentes de informática. Padres de Selene, una niña de tres años, encontraron en una página de anuncios inmobiliarios  la venta de una casa que aún no estaba construida del todo. Se desplazaron al pueblo un fin de semana, conocieron la vivienda, entablaron negociaciones con los propietarios del inmueble y, tras hacer sus cuentas, decidieron quedársela aun cuando la vivienda no estaba para habitarla de manera inmediata. No les importó. La adquirieron, ocuparon las estancias más básicas, en unos meses  han ido terminando los revestimientos y ya tienen su hogar casi concluido, en donde han acordado vivir sin descuidar la actividad comercial que Jorge podrá desarrollar sin ningún problema desde esta atalaya del Almanzora. Selene vive entusiasmada estas últimas semanas de febrero cuando ha descubierto que las almendras garrapiñadas, que tanto le gustan, antes de ser fruto cubren los campos que hay frente a su casa de inmensas alfombras de rosa y nácar. La pequeña se ha encontrado con la sorpresa de que, además de los kínder, hay otros huevos con los que su madre  hace flanes y que ponen unas gallinas que corren y saltan cuando ella se les acerca. Y no sale de su asombro cuando en las mañanas limpias atisba en lontananza el azul Mediterráneo.


Pero en estos núcleos del norte almeriense no todo es el sueño idílico de cuando viajábamos al campo. La vida también se hace dura y compleja. Existen aún ciertas carencias y dificultades que no se padecen en la España poblada, ese treinta por ciento del territorio que alberga  a cuarenta y uno de los cuarenta y ocho millones de compatriotas, mientras que el setenta por ciento restante de nuestra geografía acoge a tan sólo siete millones de españoles. Un desequilibrio estructural entre lo urbano y lo rural que no sabemos si, tímidamente, ha comenzado a corregirse con estos leves indicios –a los que no son ajenos mis nuevos vecinos del pueblo-, o si, por el contrario, las señas de repoblación son sólo simbólicas.  Si realmente hay un trasvase del mundo urbano al rural, o nos encontramos ante el eterno retorno de la quimera rural. Es decir, si asistimos a una realidad de flujo demográfico o a un mero sueño de la España despoblada. 




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