Entre la tragedia y la esperanza

Se cumplen en estos días de febrero 84 años de la tragedia de Málaga-Almería, la Desbandá

Antonio Rodríguez vivió la Desbandá, perdió de vista a su madre y hermana antes de llegar a La Rábita.
Antonio Rodríguez vivió la Desbandá, perdió de vista a su madre y hermana antes de llegar a La Rábita.

“Excelentísimo Señor Gobernador de la provincia de Almería (…) como alcalde pedaneo de Cabo de Gata tengo el deber de informarle que se encuentran en esta barriada numerosas personas abandonadas de la provincia de Málaga. (…) le pongo en conocimiento también que se encuentra en esta barriada un niño perdido de La Línea, de la provincia de Cádiz, de nombre Guillermo Rojas, que se extravió de sus padres Juan y Elena”. Firmado, Domingo Domínguez, febrero de 1937.


Se cumplen en estos días de febrero 84 años de la tragedia de Málaga-Almería, un hecho conocido como “La Desbandá”. Malagueños, gaditanos y granadinos fueron víctimas de uno de los peores episodios de la guerra española y uno de los primeros movimientos masivos de población en una guerra en el siglo XX. 


La huida



El 7 de febrero de 1937 la población de Málaga, al borde del colapso por la llegada de miles de refugiados en 1936, huyó en masa y en medio del pavor en dirección hacia Almería ante el avance y la represión ejercida por las tropas sublevadas. Entre 100.000 y 150.000 almas, la gran mayoría civiles -sobre todo ancianos, niños y mujeres- son perseguidos por las tropas italianas y bombardeados por la aviación alemana y los barcos de la marina nacionalista lo largo del camino de la costa. Aún hoy no sabemos cuántos miles de refugiados perdieron la vida en aquellos bombardeos. Otros muchos fallecieron por agotamiento y hambre. Los mayores apenas pudieron resistir el miedo y los kilómetros. 



Refugiados malagueños en Almería en una imagen de la gran fotoperiodista Gerda Taro.
Refugiados malagueños en Almería en una imagen de la gran fotoperiodista Gerda Taro.



El rostro del miedo

Las tropas sublevadas fueron frenadas gracias a la llegada del ejército republicano y las Brigadas Internacionales al Valle del Lecrín y Motril, en Granada. Las imágenes tomadas por Norman Bethune y Hazen Sisa en Adra muestran el rostro del miedo y la derrota. Los refugiados llegaron agonizando, al borde de la muerte, con hambre y sed. La desesperación y el miedo provocaron algunos altercados durante la llegada, pero hay que resaltar la generosidad de los vecinos de Almería con aquella lamentable marea humana.

Almería se volcó con los refugiados, que quedaron instalados en Pescadería, en las cuevas de La Chanca, en las inmediaciones de la Alcazaba, el puerto, el Parque Nicolás Salmerón o la Rambla. Rápidamente se organizaron colectas para dar alimentos a los más débiles y se trasladaron a los heridos al Hospital Provincial o a las Adoratrices. Pero la tragedia no había acabado: la tarde del 12 de febrero, cuando miles de refugiados descansaban entre el puerto y el Parque, los aviones alemanes aparecieron de repente y lanzaron bombas sobre la ciudad, masacrando a unos refugiados que se creían seguros en Almería. 


Entre la tragedia y la esperanza

La mayoría de los refugiados fueron repartidos por la provincia o se marcharon hacia Cataluña.  Otras se perdieron entre sí y decenas de niños acabaron deambulando perdidos, como fueron los casos de Guillermo Rojas o Antonio Rodríguez (Almuñécar, 1923). La historia de Antonio se mezcla entra la tragedia y la esperanza. Su hermano José había marchado al frente de Madrid como voluntario republicano, y ante el miedo a las represalias, Antonio (huérfano de padre), su hermana María y su madre Josefa salieron de Almuñécar hacia Almería cuando conocieron la caída de Málaga y el avance de las tropas por boca de los refugiados. No había alcanzado La Rábita (Granada) cuando pierde la pista de su madre y su hermana. La fortuna hizo que un amigo de su hermano lo montara en un camión y lo llevase sano hasta Almería. 


Antonio vivió entre Almería y Lucainena de las Torres acogido por los tíos Bernabé y Carmen, padres un teniente que congenió con el pequeño nada más llegar a nuestra ciudad. Antonio, que también fue testigo del bombardeo nazi sobre la ciudad en mayo de aquel año, no perdía la esperanza de dar con su familia, que aún creía viva. Escribió a varios organismos para saber su paradero, pero no recibía reportes. Finalmente, a mediados de 1938, una carta de la Cruz Roja Internacional le daba la mejor de las noticias: su madre y su hermana estaban vivas y residían en un pueblo de Gerona. Su madre lo había dado por muerto en la carretera, y al enterarse que seguía vivo, sufrió una caída que la dejó en cama durante días. 


Finalmente, Josefa, María y Antonio se reencontraron 14 meses después de haber salido huyendo de su casa. Su madre fue a recogerlo a Lucainena y se lo llevó a Gerona. Allí pudieron retomar sus vidas de la mejor manera que supieron. Pero esas vidas, en mitad de una guerra, se tornan inciertas: dos años después, en febrero de 1939, Antonio y su familia se vieron en mitad de otra huida, esta vez hacia Francia. Pero eso ya es otra historia. 



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