Quien de verdad se la juega en Cataluña es... Pablo Casado

Anticiparse a pensar qué ocurrirá el 15-F, es decir, dentro de siete días, tras las elecciones catalanas, es precipitado: ni sabemos con certeza el resultado, que las encuestas anticipan poco definido, con casi un ‘empate a tres’, ni podemos creernos las promesas de ‘yo jamás formaría un Govern con estos o con aquellos’. Son promesas que siempre, siempre, se lleva el viento. Sí cabe, no obstante, pensar no en quiénes serán los beneficiados en una lotería de votos derivados de unas elecciones cuando menos tempestuosas, sino en quiénes serían los más perjudicados. Y ahí hay alguien que se lleva muchas papeletas en la rifa: Pablo Casado, que afronta su ‘semana de pasión’.


Qué duda cabe de que el inicio este lunes del ‘juicio al PP’, más que el juicio a Bárcenas, es no una piedra, sino un muro en el camino de Casado en la recta final de la campaña. Ahora, allá donde el presidente de los ‘populares’ aparezca para apoyar a su candidato, todo van a ser preguntas sobre Bárcenas, la financiación de las reformas en la sede de Génova, los sobresueldos, los abusos, los espionajes... Cuestiones con las que me parece evidente que Casado poco o nada tuvo que ver, pero sobre las que, ya que Rajoy y los otros presuntos implicados en algunas de las acusaciones mantienen un pétreo silencio --mientras Bárcenas se hincha a dar entrevistas--, Casado va a tener que responder de una u otra manera.


Y eso, claro, va a tener una influencia no ya sobre el final de la campaña catalana, sino también sobre el resultado en las urnas, es de suponer, aunque la lógica electoral suele ser de lo más ilógico. ¿Sobrepasará Vox al PP? La mayor parte de las encuestas dicen que no, pero por los pelos. Además, esos trabajos demoscópicos, para lo que valgan, no contemplan el ‘efecto juicio a Bárcenas’ que comienza, mala suerte, precisamente este lunes, a cinco días de que los catalanes vayan a las urnas, por cierto si no hay más contratiempos en esta azarosa trayectoria electoral en la que no hay quien quiera ir a presidir una Mesa.



La respuesta que, hasta el momento, ha dado Casado acerca de la tempestad que zarandea el frágil barco de su partido ha sido excesivamente tímida: tras refugiarse inicialmente en el silencio, y en lugar de salir a comerse el mundo en defensa de la honradez del ‘actual’ PP, se ha refugiado en entrevistas en medios que él considera más o menos simpatizantes con sus ideas. Una ofensiva que no ha traspasado la barrera del sonido.


Casado está, así, a punto de perder el maillot amarillo en el liderazgo de las ideas de la oposición acerca de lo que debe ocurrir en Cataluña tras las elecciones. No basta con decir ‘no’ a los temas más espinosos que se presentan, como la reunión de la mesa negociadora del Gobierno central con la Generalitat, los indultos, las consecuencias del ‘efecto Illa’ y, en general, el futuro de Cataluña dentro del Estado, es decir, de España; ese ‘no’ ya lo proclaman, con mayor o menor intensidad de decibelios, Ciudadanos y Vox. Se trata además, creo, de regresar al discurso valiente de la moción de censura de Vox, en octubre, yendo más allá del diagnóstico catastrófico sobre lo que hace o no su muy poco querido Pedro Sánchez: Casado tiene que fabricar una alternativa a Sánchez, a lo que pueda suceder en Cataluña y también al propio pasado de su partido, al que le van a colgar todos los trapos sucios.



Cuando llegó a la cima del PP, tras las elecciones primarias de 2018 posteriores a la moción de censura que dejó en la cuneta a Rajoy, muchos pensaron que Casado haría con su partido lo mismo que hizo Aznar tras Fraga, en 1989: refundarlo. Abandonar la sede maldita, fantasmal, de Génova. Deshacerse de los últimos residuos de un pasado que algo tuvo de glorioso, sí, pero en el que ahora prima lo ominoso. Es cierto que el ‘nuevo’ PP de Pablo Casado se ha rejuvenecido, centrado algo, abandonado a viejos dinosaurios y dejado de lado rencillas que, como las de Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal, tan caras han costado a su partido. Pero eso, ya se ve, no basta. Hoy por hoy, Casado es aún el candidato más probable a suceder a Pedro Sánchez en La Moncloa, cuando sea; pero no lo logrará, pienso, si no convence a su electorado de que es una alternativa refrescante, posible, ilusionante para los ciudadanos. Lo que va mucho más allá del mero ataque a lo que se piensa que ahora hace mal este Gobierno. 


Ahí tiene el ‘juicio a Bárcenas y demás’ y la galopada final de la campaña catalana como oportunidad para erigirse definitivamente en hombre de Estado.

 

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