Iglesias, no insultes la memoria de los exiliados

La equiparación como exiliados de Puigdemont con el medio millón de españoles que tuvieron que cruzar la frontera al finalizar la guerra, solo puede provocar indignación.  Comparar aquel éxodo cargado de amargura y horror de quienes habían defendido la legalidad republicana con la huida cobarde del president por haber atacado la legalidad constitucional revela la impostura política y democrática del insolente que se atrevió a hacerla con tanto descaro como inconsistencia intelectual


A quienes la vida nos enriqueció dándonos la posibilidad de conocer a tipos como Joaquín Masegosa o Antonio Muñoz Zamora, por citar solo a dos exiliados almerienses que despertaron cada mañana durante años pensando que podría ser el último de su vida en los campos de exterminio nazis, escuchar las palabras de Pablo Iglesias solo puede generar estupor y una indignación que alcanza limites democráticamente intolerables cuando quien las defiende es un vicepresidente del gobierno.


Para nadie es una sorpresa que Iglesias ha hecho de la impostura un instrumento de comportamiento tan habitual como la contradicción permanente en que ha convertido su trayectoria personal. No es una apreciación subjetiva. Su recorrido político y personal es una apresurada carrera de complicidades con quienes quieren acabar con la Constitución del 78 que prometió defender, amiguismo pagado con nominas a fin de mes, pero solo mientras se mantenga una posición servil hacia su persona, ataques habituales al gobierno al que pertenece…en fin, una trayectoria marcada por la incoherencia de proclamar una cosa hoy y hacer la contraria mañana. Iglesias es un populista que se cree llamado por el dios laico de los iluminados para hacer la revolución pendiente en Europa asaltando los cielos, un César de tercera división al que el mundo tiene que agradecerle haber nacido y al que su equiparación del domingo deja desnudo de cualquier equipaje moral. Su equiparación fue tan éticamente estúpida como estéticamente obscena. 



Pensar en la imagen de Machado cruzando la frontera con su madre enferma camino del exilio cargados de desolación y tristeza y compararla con la de Puigdemont huyendo de la justicia por haber dado un golpe al Estado, escondido en el maletero de un coche y dejando en el barco a quienes él había capitaneado no deja espacio para la duda de dónde está la valentía y dónde la encarnación de la cobardía.


Pero con ser obscena la equiparación de Iglesias, no lo es menos el sonoro silencio con que Pedro Sánchez (ha tardado seis días en hacer un leve matiz) y Alberto Garzón han respondido a la memoria de quienes ellos, como representantes actuales de los socialistas y comunistas exiliados, están más obligados a honrar.



El presidente del Gobierno tenía la obligación moral de honrar a quienes tanto dice tener en cuenta en su defensa, justa, de la Memoria Democrática exigiendo a su vicepresidente rectificar su disparatada y premeditada opinión. No lo hizo. De Alberto Garzón tampoco cabía esperar otra cosa que el silencio servil después de haber vendido IU a Podemos por un puñado de nóminas. 


Claro que, quienes han clamado desde la otra acera política, tampoco lo han hecho desde la convicción democrática, sino desde el cinismo. Vox y PP no han hecho nada-los primeros todo lo contrario- para honrar la memoria de los exiliados y censurar la venganza cruel del franquismo tras la guerra. La política española se ha convertido en un teatro protagonizado por mediocres y arribistas como principales actores. Y así nos va con esta banda de irresponsables más interesados en sus estrategias personales y de partido que en el interés general.


Pablo Iglesias demostró con su equiparación del domingo que es un peronista sin principios, al que sus sucias palabras sobre los exiliados españoles comparándoles con un golpista cobarde y mezquino le perseguirán para siempre. En el pecado lleva la penitencia.

PD.- Manuel cruzó la frontera francesa en el 39 aterido de espanto compartido con quienes emprendieron la travesía. Después de varios meses en un campo de refugiados pudo volver a su pueblo tras avalar su bonhomía una familia de falangistas que sabía de sus ideas republicanas y de su comportamiento cabal. Se casó, tuvo tres hijos y murió con la frustración de no haber vivido el regreso de la Democracia. 


Manuel de la Cruz Oller era mi padre. Un demócrata valiente, solo uno más, como otros millones de españoles, que defendió la legalidad republicana sin rencor. Nunca un supremacista cobarde como Puigdemont ni un populista con vileza como Iglesias.   


 

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