Las primarias de Illa

Rafael Torres
07:00 • 05 ene. 2021

A Salvador Illa le han debido convalidar las primarias con el año que ha ejercido de ministro de Sanidad, pues de otro modo no se entiende que el PSC-PSOE se haya pasado alegremente por el forro el único trámite por el que un partido político acredita desde su funcionamiento interno algún apego real a la democracia.


Entre las prisas y que eso de las primarias se salda a menudo con indeseadas sorpresas para quienes tienen escrito el guión, Sánchez e Iceta en el caso que nos ocupa, lo cierto es que la supresión porque sí de ese trámite, mediante el cual se somete al escrutinio de las bases de un partido quién ha de ser su candidato principal, constituye una mala noticia que empaña lo que de bueno o útil pueda generar la designación a dedo. El de las primarias es, ciertamente, un trámite, pero no un mero trámite, pues con su ejecución se disipa la sospecha, que tanto alimenta la desafección de los ciudadanos hacia la política, de que los partidos son chiringuitos cerrados donde solo unos pocos se lo guisan y se lo comen todo.


Lamentablemente, la crítica de la derecha a la designación de Salvador Illa como candidato del PSC a presidir la Generalitat no ha ido por ahí, sino por la vía rústica y simplona que le es habitual: se le recrimina que deje tirado al país abandonando en medio de la tempestad el barco, esto es, el ministerio de Sanidad. Qué exageración. Como Illa puede hacerlo, o mejor, cualquier otro u otra, del mismo modo que cualquiera podría hacerlo mejor que el consejero de Sanidad madrileño, que a su patente ineptitud añade el no haber administrado ni el 6% de las vacunas que obran desde hace más de una semana en su poder. Cualquiera puede hacerlo mejor, en adelante, que uno y otro, bien que si se tratara de alguien lúcido y capaz, que antepusiera el bien común a sus intereses personales o sectarios.



Por lo demás, puede que Illa sea, en efecto, un buen candidato para el PSC, que no pasaba del 17% en las encuestas ni a tiros, en incluso que resulte ser también un ingrediente positivo y estabilizador en el pandemonium de la política catalana. Su moderación, su educación y su capacidad negociadora así parecen sugerirlo, pero eso de que el jefe le haya puesto a dedo tendría que consternarle íntimamente tanto como debería consternar a las bases de su partido y, en general, a todos los demócratas.





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