Antonio y la ciudad como espacio de participación

José Miguel Gómez Acosta
15:57 • 21 dic. 2020

Que la ciudad es un espacio político para la participación es algo evidente. Nadie a estas alturas del siglo XXI puede cuestionar que los espacios públicos de relación que nuestras ciudades ofrecen son lugares para el intercambio y la actividad. Es la manera en que nos entendemos, no sólo unos con otros, sino a nosotros mismos dentro de la ciudad.


Durante el siglo XX, los postulados funcionalistas de las vanguardias fueron dejando paso a un enfoque más humanista que, con desigual éxito, abogaba por vivir las ciudades de otra manera. Por entender las ciudades de otra manera. Por convivir de forma abierta y colaborativa. La recuperación de lo más valioso de la ciudad histórica, su red de espacios públicos, su uso colectivo, su escala humana, ha sido la punta de lanza del urbanismo más evolucionado, al menos en nuestro mundo occidental. Podemos encontrar ejemplos de ello en muchas ciudades nórdicas. Copenhague es una clara muestra de este civismo urbano avanzado. La manera en que la vía publica y los espacios de estancia en las plazas se ponen al servicio de la mejor calidad de vida de sus habitantes muestra a el compromiso de la política (que se hace entre todos) con la persona individual, sus aspiraciones y derechos. También en España hay ejemplos de urbanismo avanzado que, de alguna manera se contraponen a aquel desarrollismo de los años 70 que tantas heridas infligió a las ciudades. Por eso cuesta tanto entender que en nuestras ciudades pequeñas, donde precisamente el individuo puede ser tenido en cuenta de manera mucho más ágil que en las enormes metrópolis, el espacio público deje ser espacio de relación. Incluso de colaboración.

El pasado viernes 4 de diciembre, los concejales de la oposición de Albox (PP y PSOE) presentaron de manera conjunta (un hecho sin precedentes y digno de admirar) un escrito para solicitar un Pleno de carácter Extraordinario motivado por la necesidad de contar con plazas de aparcamiento para personas con minusvalía en las inmediaciones de la Plaza Mayor. El desencadenante de esta situación es un joven de 12 años, Antonio. Una persona plena y activa que, debido a su movilidad reducida causada por una parálisis cerebral infantil, tiene derecho a una atención concreta en lo referente a la adecuación de nuestros espacios públicos. Y esto es así porque colectivamente como sociedad hemos decidido (como no podría ser de otro modo) que nuestro deber moral es facilitar la resolución de cualquier escenario que pueda suponer una desventaja.


La historia que motiva esta reflexión comienza hace dos años, cuando la familia de Antonio contaba con dos plazas de aparcamiento para personas con movilidad reducida en la plaza desde la que se tiene acceso a su vivienda. Plazas que fueron suprimidas tras una remodelación de dicho espacio público. A partir de ahí comenzaría, en un proceso que dura hasta el momento presente, la justa reivindicación de los derechos de Antonio. Algo agravado por el hecho de que, tras el confinamiento, se eliminó una plaza provisional (no demasiado eficiente pero real) de la que Antonio hacía uso como última solución. Por si esto fuese poco, de manera absolutamente incomprensible, se instalarían maceteros en la calle trasera de la casa familiar, imposibilitando de manera efectiva cualquier acercamiento del vehículo a la vivienda. Los detalles de la historia son largos y prolijos, todos pueden seguirse en las redes sociales y la prensa local y llegan a su punto culminante con la imagen de Antonio, hace escasos días, en silla de ruedas, bajo la lluvia, esperando que pueda llegar el coche al que subirse para realizar su actividad escolar normal.

Las plazas de nuestros pueblos y ciudades, especialmente las plazas mayores, son lugares de representación: símbolos de lo que supone la vida urbana. Esto implica que, además de albergar edificios y elementos patrimoniales colectivos, deben permitir y facilitar en la medida de lo posible la relación activa de los ciudadanos. Las plazas, en ese sentido, son vacíos cargados de posibilidades y significados. Son vacíos cargados de futuro.



El diálogo resulta imprescindible. Tanto como la empatía y la voluntad de hacer que nuestras ciudades sean espacios vivibles y habitables. Espacios para las personas y su mejor desarrollo.

En eso consiste el urbanismo humano. La política humana. 





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