Armonización de mentes

Javier Adolfo Iglesias
00:13 • 03 dic. 2020 / actualizado a las 07:00 • 03 dic. 2020

Armonizar es el último palabro político lanzado como rueda de molino para que volvamos a comulgar. Lo ha usado el independentismo catalán para exigir a Pedro Sánchez que acabe con la bajada de impuestos de Madrid, que es una capacidad legal de las autonomías desde que en 1993 comenzara a conseguirla  el padre del actual independentismo catalán. Pujol le sacó la primera tajada porcentual de autonomía fiscal a Felipe González, luego le tocó a Aznar...o sea, que no es Pedro Sánchez el primero que cede.


Es un chiste malo que el independentismo intente imponer en España esa ‘armonización’ cuando su sueño es desarmonizarse con el resto de España. Y sería ridículamente absurdo que el PSOE de Sánchez, que defiende el federalismo, diera ese paso en el sentido contrario. 


Pero el elegir Madrid para esta batallita de humo dialéctico no es casualidad; comparten enemiga con Pedro Sánchez, la tan mediática Isabel Ayuso, elevada a los altares de la polémica por los medios progubernamentales. 



Así vuelve a sonar el “España nos roba” con otra letra y de paso se falsifica la realidad de la fuga de cientos de empresas, que  huyeron de Cataluña cuando el 1 de Octubre amenazaba rayos y truenos. 


La armonización es una vuelta al casillero de salida del relato independentista de agravios , cuando Mas pedía un pacto fiscal. Antes fue la reforma del estatut con Zapatero y después el inexistente ‘Derecho a decidir’. A golpe de palabros se construyó una ficción llamada prosés que a punto estuvo de llegar a conflicto violento civil



Si hay que armonizar yo me apunto el primero, no solo a la armonización fiscal. Yo aceptaría además la armonización laboral, para que cualquier español pudiera trabajar en un cualquier lugar de España sin que le exigieran certificados de pureza en forma de lengua vernácula. Ningún profesor que no sepa gallego, valenciano, mallorquín, euskera o catalán puede trabajar como funcionario si no presenta por anticipado esta exigencia discriminatoria. Y defiendo además la armonía salarial, para que los trabajadores cobren lo mismo en Tarrasa, que en Vitoria o en Almería.   


Tampoco estaría mal la armonización sanitaria. Cuando viví en Águilas durante un curso tenía que coger el coche y pasar “la frontera” con Andalucía hasta la vecina Pulpí para comprar con subvención las medicinas recetadas.  



El palabro ‘armonización’ es un síntoma más del deterioro en nuestros tiempos del bello gran concepto de igualdad. Otra manifestación de esta confusión se da en la nueva ley educativa, la ley Celaá, donde se abusa también de la igualdad. En la línea rusoniana de la LOGSE, igualdad educativa es equiparar, nivelar “por abajo”. Logrando que el suspender y repetir sea algo excepcional se conseguirá la así llamada igualdad. Con esta nueva ley Celaá seguiremos viviendo con la mala conciencia social que nos inoculó el pensador ginebrino para sentirnos responsables de que el niño no estudie o de que la niña prefiera el tik-tok a aprender los acentos.


La igualdad vive malos tiempos. Hoy este alto concepto que nos trajo la civilización se ha embrutecido, ha menguado y transmutado hasta perder su significado original. La idea de igualdad tiene una larga y lenta cocción de siglos con sucesivos ingredientes: la isegoría griega, la ciudadanía romana, el estoicismo cósmico y cosmopolita, la igualdad de ser hijo de Dios, los conceptos ‘persona’ y ‘dignidad’, todo eso cuajó en la Ilustración, con los Derechos Humanos y Kant, el que mejor definió la igualdad con su imperativo categórico. Todos los humanos somos iguales en libertad y dignidad porque todos nos debemos el mismo respeto en nuestra autonomía para buscar nuestra propia felicidad sin que nadie ni nada imponga un supuesto modelo de la misma.   


 Lamentablemente, los jóvenes y muchos adultos entienden igualdad en términos grupales, como lotes de mercancías, donde los individuos solo cuentan como parte de un todo, tribal, de edad, raza o género. Sin embargo, no hay más igualdad que la del individuo ante la ley, que nos hace iguales. 


El concepto igualdad es difícil de comprender en su abstracción, en su idealidad, porque hoy vivimos con imágenes inmediatas, visuales u orales, como en la caverna platónica. La llamada “igualdad real” no existe ni podrá existir. Cuando se intentó alcanzar se hizo a costa de muchas vidas en los totalitarismos del siglo XX.  Por eso, el pasado sábado sentí desolación cuando oía al presidente Pedro Sánchez pronunciar una frase que suena muy bien: “Sin igualdad no hay libertad”. Además de absurda e irreal, es terrorífica. Entonces comprendí que de verdad llegan tiempos de armonización de mentes.


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