Simón del desierto

Rafael Torres
00:02 • 17 nov. 2020 / actualizado a las 07:00 • 17 nov. 2020

Fernando Simón se está quedando más solo que la una, pero ese desierto que le va circundando en nada se parece al de su tocayo Simón El Estilita, el santo del siglo V que tuvo la ocurrencia, para mortificarse, de vivir durante 37 años encaramado en lo alto de una columna erigida en el desierto. A aquél Simón, al que se atribuye, por cierto, el invento del cilicio, el desierto se le acabó llenando de gente, pero el de éste Simón nuestro se está quedando en desierto total.


Pese a que las encuestas que numerosos periódicos hacen estos días a sus lectores, preguntándoles si el director del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias debe o no dimitir, arrojan un resultado “fifty-fifty”, lo cierto es que en la operación de acoso y derribo activada desde hace meses contra el epidemiólogo, a la que ha contribuido él mismo merced a los charcos y a los jardines donde se ha ido metiendo, ha ido dejándole solo tras el atril desde donde desgrana las cifras y las incidencias de la pandemia con su inconfundible voz asmática, monocorde y un punto funcionarial.


Inspirada en Simón El Estilita, Luís Buñuel hizo su película “Simón del Desierto” en la que el Demonio, disfrazado de ebúrnea Silvia Pinal, tentaba al santo. No haré “spoiler” revelando a los que no la hayan visto si el anacoreta sucumbía a la tentación, pero sabemos que nuestro Simón sí sucumbió desde el principio a una que en España se paga muy cara, la de la naturalidad, la de decir lo que se piensa, la de ser quien se es. Así, Fernando Simón, que fue designado por el PP para el cargo, se granjeó pronto la enemiga de sus primigenios mentores, y luego ya no ha dejado, equivocaciones epidemiológicas aparte, que han sido muchas, de granjearse la de un montón de colectivos más.



Operadores turísticos, hoteleros, gente del teatro, enfermeras y a lo ùltimo médicos a través de su órgano colegial, que se han sentido ofendidos por los comentarios y los chascarrilos no siempre afortunados de Fernando Simón, han ido desamigándose de él, pero el desierto-desierto es en el que le están dejando quienes, sabiéndole quemado, le prefieren como cabeza de turco de los errores de otros, del ministro de Sanidad, de presidentes regionales tipo Ayuso, del Gobierno de la Nación y hasta de la OMS sin ir más lejos.


Sobre una columna o tras un atril, tal es el destino de soledad de los Simones.





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