Sólo hablamos de la pandemia

No les voy a contar nada nuevo, ni que no sepan ya. Pero vale la pena insistir en ello: más del 90 por ciento de los programas informativos, en España y fuera de ella, se dedican a hablar del coronavirus. Tal ha sido el impacto en nuestras vidas. Y lo que durará.


Sin pecar de pesimistas, lo efectos de la pandemia se prolongarán a lo  largo de una década, por lo que es lógico este desmadre informativo. 


Lo apabullante es que eso sucede también en las conversaciones particulares. Cuando te cruzas con una pareja o un grupo de personas, las charlas que percibes al pasar no son ni sobre sexo ni sobre fútbol, temas recurrentes en otros tiempos. Ni quiera sucede en esos diálogos telefónicos que oyes por los móviles a voz en grito en los transportes públicos o cuando un automóvil para al lado del tuyo en un semáforo. Antes, la gente los utilizaba para poner verdes a los amigos comunes o a hablar del cumpleaños de fulanito o del santo de menganita. Ahora, en cambio, el covid-19 monopoliza todos los coloquios. Esas parrafadas, además de la enfermedad misma y el cambio de hábitos que conlleva, han modificado el paisaje de nuestras relaciones humanas y han teñido nuestro mundo de una tristeza grisácea, haciéndolo mucho más infeliz que antaño.


No es de extrañar, por eso, que algunos de los profesionales con más trabajo no sean sólo los dedicados a la salud física, sino también a la salud mental: psicólogos y psiquiatras, al parecer, no dan abasto. Y no se trata de un sector definido de la población, pues la depresión y la angustia no sólo afectan a los sectores más de riesgo, sino hasta los niños que no entienden el mundo en el que, por desgracia, les está tocando vivir.  




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