Árboles de la familia

Un importante tribunal ha paralizado esta semana el anunciado arranque de una veintena de robustos árboles de la Plaza Vieja. Al margen de lo jurídico, lo político y lo urbanístico, me parece feo, una escena tan incómoda como la de un juez que le exigiera un poco de tierna atención a una madre indiferente a su bebé, que le sonríe y reclama dulcemente. Lo normal es devolver el cariño a niños y árboles, pero Almería no los considera  de la familia. Como mucho, son vecinos, pero de los que no se conocen ni los nombres tras muchos años de coincidir en el portal. 


No tratamos bien a los árboles de nuestra ciudad. Los plantamos en avenidas limítrofes sin más calor que el de los coches, los enviamos como si fueran sioux a reservas como la del Boticario, a desérticos destierros como el parque del Andarax o los pelamos sin piedad como a huérfanos de posguerra. Hay infinitamente más árboles hoy que hace varias décadas, sin duda, pero no es una cuestión de cantidad sino de relaciones.  Donde hay árboles y sus sombras no hay niños o ancianos. Y cuando se busca reunir a humanos en una plaza, los árboles estorban, como en la Plaza Vieja.  


Políticos y técnicos dicen que se transplantan, que viajan a una suerte de Valhalla verde y distópico que nadie ha visto.  La Alicía de Caroll descubriría que en Almería se arrancan y talan árboles que regalan oxígeno, fresco y sombra mientras que se plantan enormes secuoyas de hormigón que nos roban el cielo y el mar de todos. 


Un viejo y conocido monstruo vuelve a vernos: el desarrollismo. El Polifemo que nos devoró en los años 60 ha vuelto sesenta años después. Entonces destrozó la ciudad histórica, plantando tentáculos de diez plantas junto a la Catedral; tapando la vista de la Alcazaba y las murallas o levantando un muro de ladrillos frente al mar. Ahora regresa para quitarnos las pocas oportunidades que nos quedaban como ciudad: está destrozando la vega, oculta la bahía y las montañas desnudas a las que cantó Celia Viñas, mata la silueta de la vieja y bella estación de tren, y saluda con un susto a los nuevos visitantes: “¡Bienvenidos a la ciudad de los árboles de hormigón!”.  


El pasado viernes muchos árboles se cayeron por la acción del viento. No fue exactamente así, el viento fue solo una excusa. En realidad querían huir de esta ciudad que no los mima, que los abandona por cemento. Mereceríamos amanecer un día sin ellos en nuestras calles. A lo sumo matas y matorrales. Enormes zarzas y matojos habrían sustituido los ficus del Paseo



Si un día el enorme centenario ficus del Paseo se arrancara a sí mismo del suelo como el monstruo de la novela de Patrick Ness quizás cambiaríamos para siempre nuestra relación con los árboles.


Veo todos los días el que está en la entrada sur a la calle Javier Sanz,  junto al Celia Viñas, con el que jugaba mi padre en los años 40. En los 70 nos llevó a mis hermanos Paco y Roberto y nos echó una foto; yo me negué a salir. Pudo parecerme cursi, loco o genial que mi padre se lo tomara tan en serio, que nos presentara a ese viejo pariente y además publicara una carta en La Voz de Almería


Tras aquella escena yo también comencé a jugar y a subirme a un árbol en el colegio, con mis ‘amigos G-Jiménez’, Diego y Jesús. Lo mismo hacía de niño John Lennon en su hogar de Liverpool. Tenía en sus ramas una pequeña casa de madera, tan anglosajona, en la que soñaba con canciones.


Mañana 9 de octubre John Lennon hubiera cumplido 80 años. El líder de los Beatles se acordó de aquel simbólico árbol estando en Almería en 1966. Sopló las velas de su veintiseisavo cumpleaños y al mudarse desde El Zapillo a la Pipa, a la vivienda de la familia Romero-Balmas, se encontró rodeado de flores y árboles que le inspiraron y llevaron a su infancia. “No creo que nadie esté en mi árbol” afirmó y redondeó así con su estribillo una de sus canciones favoritas: “Déjame llevarte a Strawberry Fields, donde nada es real y no hay nada de lo que preocuparse”. Lennon recordó su infancia a través de los árboles, como yo hago cada día con el de mi padre junto a mi trabajo; le hablo y le recuerdo que somos familia y ya no me da vergüenza ser tan cursi. 


Los niños y niñas no se suben ya a las ramas de los árboles en Almería.Tampoco los enamorados sellan en ellos su pasión para toda la eternidad. Cambiemos, volvamos a tratar a estos seres vivos como hacíamos en nuestra infancia, a jugar con ellos como amigos, hermanos o hijos. Evitemos que huyan y nos dejen para siempre,  que no nos condenen así al duro sol o a la terrible sombra de los árboles de hormigón.


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