El parto

Se cumplieron este domingo ocho meses desde que el Gobierno de coalición comenzó a funcionar. Es decir que, a partir de este lunes, comienza la cuenta atrás de lo que sería un parto. Va a ser este un mes, sospecho, más difícil, enrevesado y contradictorio aún que los ocho anteriores, pandemia incluida (bueno, en realidad, en la pandemia aún estamos), que ya es decir. Quién sabe si el parto concluirá con el nacimiento de un hermoso bebé, si será con fórceps o con cesárea. O si será el parto de los montes, o de las Monteros. Lo que es seguro es que algo tiene que ocurrir, como es obligado en toda gestación que se precie. Y esta recta final va a estar cuajada de situaciones que van desde el sobresalto a la pesadilla. Apasionante. 


Sucede que este equipo gubernamental se engendró para una cosa y luego han sobrevenido circunstancias muy diversas, impensables, que han hecho, en primer lugar, imposible aplicar aquel programa que nos anunciaron el pasado mes de enero. Y, en segundo lugar, esas mismas circunstancias, más las impericias de algunos ministros, más las rencillas internas --que negarán que existan, pero haberlas, haylas--, más el indudable desdoblamiento del Ejecutivo en dos almas cada día más diferentes han hecho que el elenco gubernamental esté mucho más achicharrado de lo que correspondería a ocho meses de ejercicio del poder. Los padres han dejado de dormir ya antes de que nazca un bebé llorón.


Me sigue costando escuchar sin sonreír aquello que, a cada oportunidad que le sale, nos suelta el presidente Sánchez en el sentido de que la coalición está hoy más sólida que nunca. Es como si el padre de la futura criatura nos asegurara que el parto durará tres años y que nada sucederá hasta entonces. No: los partos duran lo que duran, nueve meses normalmente, y a continuación ocurre, ya digo, algo nuevo. Lo que de veras me produce perplejidad es que aún poco haya pasado de lo mucho que podría haber (y habernos) pasado.


Ahí están, no obstante, los retos. Los del secesionismo catalán, cada vez en una deriva más incomprensible, incluyendo para ellos mismos. Los económicos, que esa es otra: los ministros no se ponen de acuerdo, y lo muestran públicamente, en las recetas a aplicar. Los sanitarios, porque aquí parece que todo se sustancia denunciando, por un lado, la mala gestión en la Comunidad de Madrid --que es bastante evidente-- y, por otro, los trompicones, la falta de transparencia y los errores del Gobierno central, que también resultan obvios. Ahora, eso sí: ambas partes nos aseguran que vamos a mejor y luego los números dicen lo contrario.


Pero no llegará este Gobierno a cumplir los nueve meses sin que haya roto aguas antes en una suerte de tormenta perfecta, en la que se aunarán la crisis territorial con la económica, la sanitaria, la escolar, que esa es otra, y hasta la institucional: no nos faltará ni siquiera la declaración ante el juez de la mujer fatal; ni la del comisario infame que está detrás de todo, todo, escándalo político en este país. El Parlamento volverá a ser el escenario de la confrontación total entre el Gobierno y un Partido Popular bastante lastimado por las revelaciones del 'caso Kitchen'. Y el gobierno de los jueces, cada vez más desbordados, seguirá sin renovarse, en medio de crecientes tensiones internas y externas.



Pretender que, en este marco, todo pueda seguir igual sin siquiera hacer cambios cosméticos, lampedusianos, me parece una quimera que solamente pueden albergar los cerebros, o las voces, de algunos responsables de este Gobierno, que, en el fondo, no de todos, según se me cuenta. Así que espero ansioso el momento del parto y sus consecuencias, sabiendo que lo único que no puede ocurrir es nada, por mucho que nada es lo que les gustaría que ocurriese a quienes disfrutan de esta situación ciertamente... embarazosa.


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