Vida y muerte en el Celia Viñas: el instituto en los años ochenta

“Sin ordenadores ni móviles estábamos más conectados a la realidad que los jóvenes hoy”

El Instituto Celia Viñas de Almería.
El Instituto Celia Viñas de Almería. La Voz

Aunque los ochenta no comenzaron en 1980, yo si inicié una etapa de mi vida en la que pasé de niño a adulto, aprendí de la vida y de la muerte. El septiembre de aquel año comencé a cursar Primero de BUP en el Celia Viñas. Cuarenta años después, vuelvo a ir todos los días al instituto más  antiguo de Almería; pero esta vez como profesor. 


Entonces todo cambiaba rápido, tan solo cinco años atrás era el popular “instituto femenino”. Cambiaba España y cambiábamos todos. Comencé siendo buen estudiante y acabé sin apenas poder estudiar y repitiendo en el nocturno. Entré queriendo ser médico, aliado de la vida y salí con mi libro de Unamuno reflexionando sobre la muerte  para estudiar Filosofía. 


El Celia Viñas de los primeros años 80 bullía de vida. Despertabas al erotismo junto a las compañeras y en las fiestas en el patio para los viajes de estudio. Las jóvenes profesoras alentaban a aprender y a soñar con amores imposibles. Hasta hoy no me he dado cuenta de lo jóvenes que eran aquellos profesores, mucho más de lo que hoy soy yo.  Eran además excelentes en su magisterio: Allés y Cervantes, la ciencia con Romacho, Hurtado y Frías, el inglés de Ramos, Labella y Teresa, Dolores y Curro, don Trino y la Casinello, la filosofía de Oliver, Ramón y Guzmán... el irrepetible César me llamaba “Igüesias”. 


El Celia Viñas de los ochenta era un lugar cosmopolita ‘Almería style’ a donde llegaban todas las tendencias. Conviviamos desde rockeros urbanos de cazadora vaquera y melenas con permanente a los novedosos y coloristas ‘new age’. Había unos pocos punkis; los primeros góticos, motoristas mod y los primeros pijos oficiales.  


 En aquellos años sin ordenadores ni móviles estábamos más conectados a la realidad de España y el mundo de lo que están los jóvenes hoy .El Celia Viñas acogía el ‘no a la OTAN’ y el movimiento de objeción de conciencia a la mili. Imposible no evitar la política cuando Tejero nos amenazó con volver a la  palmeta aquel primer año. Pizarro aunaba cristianismo y ‘compromiso social’ en un buen puñado de jóvenes. ETA asesinaba con frecuencia pero aquella brutalidad no impedía que los ‘aviso bomba’ se hicieran habituales los días de examen con cínica y amoral alegría.



Aquella explosión vital de cambio en el 82 llegó a la puerta del Celia con humo aromático de hierbas quemadas. Añadíamos pirulas y katovit a los míticos bocadillos de Rafael en la cantina. Junto a él, eran también bedeles la maternal Lola y el amable Antonio. 


Pese a tanta vida, ya entonces el Celia acogía sombras y estelas de los que habían pasado y ya no estaban; en su parqué y tarimas, ventanas, cortinas y asientos; en el sótano y en los materiales y objetos que aún guardaban las aulas de dibujo y laboratorios. Yo no sabía  entonces que allí habían estudiado ‘los indalianos’, esos jóvenes y talentosos estudiantes elegidos por Perceval cuando el edificio era Escuela de Artes y Oficios. Hace poco murió el último de ellos, Paco Alcaraz.

 

La muerte me avisó nada más comenzar yo en el Celia Viñas. Fui a clase como un zombie, sabiendo que John Lennon había sido asesinado esa  madrugada del 8 de diciembre de 1980. No recuerdo más, solo que meses después hice un trabajo del beatle para sorpresa de la profesora de Música. 


La muerte llegó de forma trágica y violenta a la acera del Celia Viñas, en COU, cuando un tipo mató de un navajazo al Maca, aquel simpático rockero que había llegado desde Málaga. Me acuerdo de él y de la vitalidad de Luis y Emilio, otros dos compañeros que fallecieron años después demasiado jóvenes.Como Celia Viñas. La genial profesora de este centro murió en 1954. Su halo genial lo llevaba en los ochenta su alumna Mari Moltó. Nos regalaba cine y más cine en el salón de actos hasta aprendernos plano a plano Ciudadano Kane.  


Apenas sabía yo entonces de Celia Viñas hasta que luego como periodista aprendí fascinado de alumnos suyos, de Manuel del Aguila o de Paco Galera. Supe de su deseo frustrado de ser madre y de su trágica muerte con poco más de 39 años. 


La muerte revoloteaba en mi mente durante un examen de inglés al que llevé a mi hermana de seis años Sacramento. Y ya al inicio de Tercero el curso 82-83 me dio su intensa lección. 


La enseñanza de verdad es un diálogo maternal entre los muertos y los vivos. Newton, Sócrates, Lorca y tantos otros nos hablan del mundo a través de profesores apasionados como Celia. Lo recordaré cada vez que suba esas escaleras de mármol, que lea su nombre y vea su busto en la sala de profesores de nuestro instituto.  

 

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