Mercados de domingo

El día de ayer no fue como todos os domingos de hace casi cinco meses. Mucho menos como los domingos de antaño. Este domingo agosteño poco tiene que ver con los domingos que entraron en letargo cuando los gobernantes decidieron adormecerlos, mediado el mes de marzo.


Domingo y mercado es una dualidad que puede parecer contradictoria dado el carácter festivo del último día de la semana, sin embargo es un binomio que por infrecuente no deja de estar presente en la tradicional página de ferias y mercados de “El Firmamento”, más conocido como Calendario Zaragozano,  en la realidad de la geografía de las Españas. 


Domingo y mercado despiertan las almas del tiempo. Calendas de la memoria que abren los postigos entrañables de cuando la mercadería hablaba de una variopinta oferta de todo tipo de productos y enseres. Mercado, antesala de las plazas de abastos y semilla de los populares mercadillos de barrio, donde, como en el reconocimiento  que hizo a “El Rastro” el recién desaparecido Patxi Andion, : “…le vendemos barato/con el precio en inglés/Somos todo lo honrados/Que usted quiera creer…Se revenden conciencias/Y compramos la piel/Le cambiamos la cara/Le compramos a usted/Y si quiere dinero/Se lo damos también/Usted lo da primero/Y nosotros después…”.


A muchos mercaderes apenas se les compraba nada, pero se les vendía de todo en aquellos mercados  bullangueros con  familiares cantos babilónicos que vomitaban las voces de fruteros, carniceros, quincalleros, ceramistas, bodegueros, estañadores, afiladores, turroneros, esparteros, herreros, guarnicioneros y un sinfín de comerciantes que se buscaban la vida en las plazas  de nuestros pueblos de siempre.



Domingo y mercado, seña identitaria del cercano territorio patrio: Lubrín, Fines, Oria…pueblos almerienses unidos en la ancestral tradición que los cambios de hábitos de consumo, las grandes cadenas y los nuevos modelos del comercio han mermado paulatinamente, aunque, por fortuna, aún subsisten los mercados de domingo con una pátina de olores y sabores.


Domingo y mercado de argollas embutidas en fachadas de colmados y tabernas, asideros de caballerías, que, saturados, desplazaban los ramales de los équidos a enrejados y ventanas, donde mulos, burras, yeguas y caballos aguardaban con dócil resignación la llegada del jinete para cumplir con fidelidad inquebrantable su misión de transporte, si bien –como buenos animales- regaban antes el pavimento terrícola con sus abundantes orines y sus llamativas cajoneras y boñigas.


Domingo y mercado, santo y seña durante muchos años de santificación de la fiesta dominical, ocasión inexcusable de aquellas curtidas gentes del campo, campesinos de aguaderas sobre albardas que acudían al mercado del pueblo a llenarlas de provisiones para el sustento semanal.


Zocos de la memoria en días feriados. Mercar o maquilar era obligación, pero también devoción que la clientela rural –por supuesto, masculina- prolongaba en las acogedoras tascas y boliches de cada municipio. En mi pueblo siempre habían sido bautizados con el nombre o sobrenombre de los propietarios o regentes, y cada establecimiento –abiertos a todos, pero con derecho de admisión-  acogía a su peculiar ramillete de parroquianos.


De imborrables recuerdos el local de Pedro Joaquín, laboratorio del primer grifo de cerveza que llegó a la localidad, los licores de Juan Pedro del Águila, “La Polaca”, el bar “Tropezón”, de Marcos Galera Arán, el colmado de “El Niño Vicente”, el Café y Bar de María Sánchez Sánchez, “María la Castellona”, la tienda-bar de Miguel “El Cerero”, los casinos de “El Ceferín” y de Luis de Haro –el último que cerró-, la solera de la cantina de Antonio Rodríguez, “El Casiano”, la exquisitez culinaria de Miguel Reche ,“El Bestuga”, –más bien de Candelaria García, su mujer-, el polifacético  y divertido Antonio “El Pérez”, recientemente fallecido, o los exclusivos ambientes de Pedro Sánchez en “La Parra”, Francisco Rodríguez y “Ramón El Abuelo”, entre una extensa nómina de bares y cafés.  


Durante los domingos, todos fueron posada y fonda de una ávida clientela que durante mucho tiempo pobló y animó un mercado que, pese a sobrevivir, hoy languidece tras la mirada del tiempo.


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