Besar con los ojos abiertos

La semana pasada de camino a casa tuve un encuentro muy especial. Iba yo ofuscada con la canícula veraniega y la necesidad de un nuevo biquini que redistribuyese los excesos del confinamiento, cuando llegando a una de las calles más comerciales de la capital me topé con mi primer amor de verano.


“Te he reconocido por los ojos”- me dijo-. Me pareció lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo y más ahora que he aprendido a sonreír con ellos.
Existe algo fascinante en esos primeros amores, me atrevería a decir que mágico, ¿no creen? Reinventados por la nostalgia que nos brinda el recuerdo, los convertimos en los más afables. Verdaderos romances que bien valdrían una película -al menos en nuestra memoria nos la montamos- truncados por el impestuoso otoño. Se acaba el verano, se acaba el amor.


Entonces no había brío, ni esfuerzo. El amor era sencillo y la calidad de los besos se medía de acuerdo a la velocidad con la que uno era capaz de mover la lengua mientras mantenía los ojos abiertos. Aunque en nuestro imaginario fuésemos Scarlett O'Hara y Rhett Butler, créanme, no los éramos.  
Los primeros acercamientos eran torpes, algo desmañados, pero siempre nos mirábamos a los ojos.


Me pregunto si no es ése el secreto de la longevidad en lo que a amor se refiere. Mirarse a los ojos. Me acuerdo de mis padres, dejaron de mirarse o al menos como lo hacían al principio. También lo hicieron mis tíos, mi vecina y Enrique Ponce. Todos nos dejamos de mirar o empezamos a hacerlo en otra dirección.




Ahora, que soy adulta, me gustaría volver a esos primeros amores. Besar mal, pero con ganas, como si la vida nos fuera en ello, con total intensidad. Volver a ese primer beso furtivo, a esa playa bajo el cielo estrellado y preguntarle a aquel chico por qué dejamos de miranos a los ojos si 20 años después los reconocerá entre la multitud.


¿Hace cuánto tiempo que no dan un beso con los ojos abiertos? Yo hace mucho que no lo hago. Mi primer beso fue una noche de verano. El que era mi vecino de la playa se convirtió en un amor que duró exactamente tres veranos - o tres agostos-. Aquello se desvaneció cuando pegué el estirón y él no supo acompañarme desde su metro y medio, decidió que aquellos besos se los daría a la nueva vecina, algo más joven y baja que yo y entonces dejó de mirarme a los ojos. Ya no estaba a la altura.


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