Amores rotos del eclipse Luna de Trueno

El eclipse penumbral de la Luna de Trueno alcanzó en la madrugada de ayer el momento más intenso en nuestra latitud, en concreto a las seis y treinta y ocho de la mañana. A esa precisa hora  que adormece las vigilias desbocadas del amor, cuando los claustros se visten de maitines, se despereza la naturaleza y este tiempo  pandémico flagela corazones y despierta horizontes dormidos. A esa hora de tránsito sonoro y de policromada monotonía, los primeros pentagramas del reinado de plumas bulliciosas regalan una ignota melodía entre el murmullo mecánico de la urbe. A esa precisa hora, la joven Azucena, llevada irremediablemente de un sentimiento nunca antes experimentado, sentada al volante de su utilitario, puso en marcha su motor y aceleradamente emprendió su particular desescalada de apenas una decena de años de vida compartida, dos lustros de existencia hogareña y, como la luna, de sombra acompañada.


Contra todo pronóstico personal, el periodo de confinamiento no ha surtido en su pareja los efectos positivos esperados. Ni las prolongadas jornadas de veinticuatro horas cohabitadas, ni las interminables veladas de toda clase de conversación, ni las múltiples tareas domésticas al alimón, ni todo el tiempo para el amor han germinado una irresistible necesidad del otro, ni una cercanía generosa ni, tan siquiera, esa chispa que prende las brasas de dos cuando las almas se llaman y la química se rinde con todas sus fórmulas. No. Los días postreros a la dilatada reclusión han desnudado una realidad plena de sentimientos encontrados, de soledad, alejamiento, distancia, desilusión, frustración y fracaso. Todo un manual práctico de la adversidad sentimental que el confinamiento ha provocado en el seno de numerosas parejas, sobre todo en las más vulnerables a las consecuencias de un virus de amplio espectro dañino que no respeta trincheras y que se crece ante la resiliencia.

Casi un tercio de la Luna de Trueno había quedado ensombrecida. Luna negra para Azucena, quien no dudó en dirigirse hasta el centro urbano, donde los ángeles de la madrugada comenzaban a abrir las puertas de la ciudad. A velocidad de gacela, la joven encaminó sus pasos hacia la Plaza de la Catedral con destino a la Plaza de Clara Campoamor. La agraciada silueta femenina se aproximó a la verja que circunda el bajorrelieve de San Valentín, que diseñara Jesús de Perceval, en cuya baranda cientos de candados brillaban en formación de sonajero testimonial de amores/enamoramientos amarraditos. Azarosa y nerviosa, la desengañada mujer buscó y rebuscó el candado niquelado que su pareja y ella habían cerrado, tras asirlo a uno de los barrotes metálicos, dos lustros atrás, y antes de hace desaparecer la llave entre las aguas del Cabo. Entre la fría hilera de aceros, Azucena descubrió pronto el eslabón simbólico de su juramento amoroso, con una grabación sobre el cuerpo principal del cerrojo: Azucena y Pablo, junto a la fecha del compromiso.



Temblorosa, la desilusionada joven apenas si podía sujetar entre sus sudorosas manos las tenazas que había cogido de la caja de herramientas de su coche. Mal que bien, Azucena pretendió frustradamente desencajar el arco  de cierre del candado, pero tras varios intentos fallidos decidió abandonar la empresa rupturista en la que había desembocado los meses de confinamiento con su pareja. La presencia inesperada en el lugar de un empleado del servicio de limpieza cambió la actitud de Azucena, quien pidió al trabajador que le ayudase a desencajar el arco del candado, quien tras arduos esfuerzos con algunas herramientas lo consiguió. Sumamente agradecida, la mujer apretó el candado entre sus manos y se desplazó al Cabo, donde lanzó al agua el broche de acero del amor perdido. La Luna de Trueno se alejaba en el horizonte marino, Azucena regresó a la ciudad. De pronto, en el trayecto, se acordó de otro candado gemelo que su viaje de novios dejó amarradito en la parisina Pasarela de Solferino, pero no cayó en la cuenta de que hace tres años la ciudad de París subastó todos los candados del amor que colgaban en sus puentes. Y tal vez nunca sepa que su relato es el de los candados de amores rotos del eclipse Luna de Trueno. 



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