Estatuas y pinguruchos

Andan en las Américas tumbando estatuas con denuedo como quien planta nabos por adviento. Durante siglos, los conquistadores  arramblaban en tierra ajena con los edificios y monumentos de sus enemigos derrotados para expresar dominio y humillación. Hoy que no hay más guerras de conquista que las de los ‘likes’ de instagram tenemos a nuestros jóvenes emperadores desnudos que creen que tumbando la estatua de Napoleón van a reescribir la batalla de Waterloo. 


Tirando estatuas, los milenials y algún vejete que se cuela en el baile quieren salvar la pureza de sus corazones, donde todo es bueno, puro y perfecto, donde no hay borrachera con resaca ni existe título de la ESO con esfuerzo. 


Quien tira abajo la figura en bronce de un conquistador, un navegante o a un misionero cree que vive sus aventuras y batallas y tuerce el curso de la historia, cuando lo único que consigue es darle trabajo al chatarrero.  

Décadas recientes atrás el   quitar una estatua tenía algo solemne, era como echar el candado a un negocio de barrio con más de un siglo.  Tras la caída del comunismo junto al país que más lo encarnó, la URRS, imponía el ver desfilar hacia el almacén de la historia a más de un Lenin y algún Marx. Más pasión y golpes de sandalias hubo años después cuando el ejército de las Azores acabó con la dictadura de Sadam Hussein. Ahí sí había saña. Como ahora con toda aquella estatua de quien no esté en Tik-Tok.  



Estos días no hay más solemnidad en estos actos que la de la estupidez y la ignorancia de los justicieros del tiempo, que quieren en vano disfrazar su desnudez intelectual y moral. También hay terror, exactamente el mismo que el que produjeron al mundo los talibanes al destruir en 2001 los famosos budas gigantes de Afaganistán. Juntitos aquellos seguidores de Bin Laden y estas hordas puritanas, que en palabras de la ministra Irene Montero, “miran críticamente la historia”.   


Desconozco las vidas y obras de cada uno de los bustos depuestos por los Justicieros del Tiempo, creo que ellos menos aún. Pero tampoco es ese el tema. No se trata solamente de historia, ni de una imposible justicia retrospectiva, se trata de libertad, la libertad de hoy. Estas personas que tiran estatuas por doquier no están muy alejadas de aquellas otras que quemaban libros en Europa. Cuando veo linchar estatuas me horrorizo al pensar que esos dementes desearían que ese bronce fuera una persona real. 


Que la aventura de los españoles en America le da vuelta y media de moralidad a la conquista del oeste de los anglosajones es incuestionable. Solo hay que pasear por las calles de México, Bolivia, Ecuador o Perú para reconocer en miles de caras a aquellos indios que no fueron aniquilados, como se afirma falsamente o aquellas mujeres indias que se casaban con los europeos.  Francisco Vitoria y Fray Bartolomé de las Casas pusieron los fundamentos del actual Derecho Internacional y de los Derechos Humanos. 


Aqui en España, no necesitamos tantas estatuas para llevar ventaja, con algunos años intentando tumbar al Rey Juan Carlos y a Felipe González. ¡Porque no vive Adolfo Suárez! Sin necesidad de estatuas se quiere acabar con el mayor y mejor periodo de democracia que ha vivido España desde Fray Junípero Serra. 


El gran demoledor es Pablo Iglesias. Lo vuelvo a oir en 2016 cuando  acuñó en el Congreso la expresión “régimen del 78”, llena de malévola y torpe intención tóxica. Su expresión fue repetida hasta el cansancio por Tardá, el antecesor de Rufián. Su banalidad va calando entre los jóvenes españoles lo mismo que el furor antiestatua se extiende por el mundo. 


Y en Almería es menos dramático pero no menos serio. Esta ciudad nunca se ha llevado bien con sus estatuas y esculturas. De niño,  solía meterle mano al Discóbolo de Mirón del Parque. Aquello no cuajó. Ya de mayor, tuve el acierto de encontrar a un político sagaz y en pocos minutos promovimos la maravillosa estatua de John Lennon, que luego fue maltratada por los botelloneros -señal de lo que iba a venir-.


Ahora, en los últimos meses, el objetivo no a derribar sino a trasladar es el Monumento a los Coloraos. Mi corazón está con los que se oponen al traslado, pero mi razón comprende la mentalidad de nuestros concejales. No tenemos políticos sino interioristas que arreglan la ciudad como si fueran su salón de casa. Su visión de la ciudad no va más allá de la de un escaparatista de comercio.  A ver si nos queda bien el escaparate para navidad si la justicia lo permite.



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