Vida de perros

José Luis Masegosa
07:00 • 01 jun. 2020

Gran parte del territorio patrio es más homogéneo a partir de hoy, al menos en el color, y goza-padece de la misma regulación que impone la correspondiente fase a la que ha sido adscrito desde las instancias estatales.  Visto lo visto hasta ahora, a un servidor se le antoja que habitamos algo así como el recreo de un colegio, tras una intensa sesión lectiva de más de setenta y cinco dias, o que ocupamos la diáfana dehesa tras la apertura de un aprisco después de una larga temporada de estabulación, con todos mis respetos para los escolares, las ganaderías y mis semejantes. Toda mi comprensión y consideración, aún cuando yo me incluya en el cuarenta por ciento de compatriotas que por voluntad propia, no sé si por desconfianza o cobardía, permanecen ubicados en la denominada fase cero.


Llegado a este peldaño de la escalera descendente del confinamiento, el paisaje es bastante  plural, y, ante la regularización de la obligatoriedad del uso de mascarillas, las actitudes se han diversificado: ¿Mascarilla si, mascarilla no?. De todo se ve en esa suerte de calles y plazas, donde la distancia de seguridad física pareciera que la marca una enloquecida pelota que bota de aquí para allá y acullá, por lo que aquilatar los doscientos centímetros recomendados parece más tarea de experimentado agrimensor que ejercicio preceptivo de un vulgar transeúnte. La oficialidad registra en el mercado hispano actual –con existencia garantizada- un total de cinco modelos de mascarillas, desde las higiénicas o de barrera, que son las más comunes, las quirúrgicas, de alta eficacia o autofiltrantes, las duales y las que portan filtros de partículas peligrosas. Sin embargo, el tránsito urbanita ofrece un variopinto paisaje colorista y peculiar de modelos y usos de este recurrente utensilio, tan antiguo como las terribles enfermedades contra las que se ha utilizado, sobre todo desde principios del pasado siglo XX. Sea cual fuere el modelo, la ciudadanía no parece muy presta a ocultar el morro tras el obligatorio cobijo, y, a tenor de la escenografía callejera, uno tiene la sensación de que siempre que se puede se tiende a evitarlo. No obstante, la sanitaria prenda, además de su correcta utilización, es objeto de todo tipo de manipulación por tan variada fauna urbana.


A saber: hay mascarillas pendientes, que los usuarios cuelgan de una oreja mientras lían un cigarrillo o refrescan el gaznate, la mascarilla-pulsera –enrollada en una muñeca-, la cowboy –situada bajo la barbilla-,  la mascarilla legionaria – cubre la cabeza como el gorrillo militar-, la mascarilla picador –se sitúa sobre el morrillo humano, sujetadas las gomas al cuello-, la mascarilla bikini o “palabra de honor”–en pack doble femenino- y algunos otros extravagantes ejemplos. Al margen de estas anómalas utilidades, la panorámica pública de viandantes esbozados ha suscitado en mi amigo Mario, un vocacional y militante animalista de origen yugoslavo, una filosófica reflexión: “Ahora nos hemos igualados con los perros. Los animales se extrañan de vernos con media cara oculta y los humanos ya conocemos  las bondades e incomodidades  de la mascarilla-bozal, que vienen a ser lo mismo, pues el bozal protege de posibles daños a los demás seres, y la mascarilla cumple, además de autoprotección, idéntica función –preservarnos del contagio de nuestros semejantes-.  



Con las salvedades oportunas, la reflexión no se aleja mucho de cierta lógica comparativa. Al igual que contamos con un catálogo de mascarillas, también existe un ilustrado muestrario de bozales caninos: de cesta –el más conocido y usado-,de tela, nylon o cuero –no son los más recomendables- y el bozal correa antitirones – es el menor de los bozales-. Con todo, ninguno de estos estándares comerciales supera en calidad artesana y protectora al bozal felino  que Herminia, una precavida paisana de mi pueblo, ha colocado a su hermoso siamés para salvaguardarlo de la ingesta de cualquier cebo letal con el que algún convencido “animalista” pudiera obsequiarle. Es evidente, pues, que ni mascotas ni humanos debemos prescindir de los cobijos, por lo que nadie dude de que aún nos queda por delante mucha vida de perros. 






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