Un comunista en la sacristía

La intérprete de signos que traducía las palabras del orador ponía sus dos manos extendidas sobre el rostro para recurrir a la representación de la barba como símbolo para referirse a Julio Anguita. El desaparecido coordinador general de Izquierda Unida, ex alcalde de Córdoba y líder comunista, protagonizaba el mitin central que la coalición de izquierdas había organizado en la zona de Nueva Andalucía durante la campaña de las elecciones generales que se celebrarían el domingo, 6 de junio de 1993. La tarde noche del martes, 25 de mayo de dicho año, se cerraba calurosa en nuestra ciudad y la pedagógica oratoria del “califa rojo”, junto a su insistente “programa, programa, programa”, cautivó, una vez más, a un nutrido auditorio que colmó de aplausos y vítores al veterano político andaluz. Concluido el acto, uno de los organizadores me comentó que Anguita llevaba una campaña muy intensa, pero que debía concluir lo que quedaba de recta final. Precisamente, el final de la participación de Julio Anguita en aquella campaña concluyó dos días después, tras sufrir su primer infarto en el transcurso de un acto en Barcelona.


 Cuando anteayer conocí el fallecimiento del ilustre personaje, recordé el mitin de Almería, el imprevisto infarto de Barcelona y también acudieron dos nombres –además de otros tantos- a mi particular página de la historia personal: El de Rafael González Zubieta, “El Zubi”, periodista, escritor cordobés y especialista taurino, desafortunadamente desaparecido, curtido en infinidad de faenas,  buena persona y mejor amigo, que durante algunos años ejerció como redactor municipal del diario “Córdoba”, donde plasmó con su pluma una visión crítica  de la gestión del Ayuntamiento de Anguita, recopilada después en sus “Crónicas del Avispero”.  Miguel Girela Reche es el otro nombre que ha traído a mis mientes la noticia de la muerte de Anguita.  Miguel nació en el seno de una modesta familia republicana andaluza, con dos hijos y cuyo cabeza de familia sufrió la represión de la dictadura en algunos campos de trabajo, entre otros el de Cuelgamuros, donde participó en la construcción del monumento del Valle de los Caídos. Escolar en un centro benéfico, el pequeño Miguel apenas tenía una docena de años cuando abandonó su escuela para dedicarse al reparto de pan, hasta que cinco años después entró a trabajar en un taller tapicero, de donde salió para emigrar a Barcelona y emplearse en las más variadas ocupaciones: fregantín, peón de albañil y toda ocupación que se pusiera a tiro.


Concluidos los tres preceptivos años de servicio militar, Miguel se trasladó a París, donde compatibilizó la cocina como pinche en el restaurante “Candelaria”, con la jardinería. Precisamente en “Candelaria”, santuario de exiliados latinoamericanos y españoles, Miguel conectó con militantes y afiliados de formaciones antifranquistas, y donde la voz rotunda de la chilena Violeta Parra con su “Hace falta un guerrillero” insuflaba ánimos de rebeldía y de lucha a los añorantes parroquianos de las dictaduras de la otra orilla y de la vecina España. A finales de los años 60, el joven andaluz, que ya había ingresado en las filas de las Juventudes del Partido Comunista con el sobrenombre clandestino de “El curica”, es comisionado dentro de una célula del aparato de agitación y propaganda, regresando a la ciudad nazarí con una “vietnamita” –multicopista- para la impresión y distribución del periódico “Mundo Obrero”, actividad que realiza al cobijo de una cueva del Sacromonte y por la que recibe una pequeña cantidad de dinero para su manutención. 


Empleado en oficios sin cualificar y en la construcción , el activista se implica de lleno en la lucha y resistencia contra el régimen franquista, involucrándose en encierros y huelgas, como la de 1970 en Granada, que costó la vida a tres obreros durante las cargas policiales. Miguel “El curica” fue detenido y comenzó un tortuoso peregrinaje de interrogatorios y de entradas y salidas de las cárceles. Fallecida Carmen Reyes, la madre con quien convivía, que fue sepultada envuelta en la bandera del PCE, y legalizada la formación política, Miguel sigue dedicado a la organización, pero no cotiza a la Seguridad Social y se percata de que nunca lo había hecho, como el resto de sus camaradas. De pronto se encontró en una precaria situación, sin la ayuda materna, sin oficio ni beneficio y en la pobreza casi. La fortuna le llevó a conocer al sacerdote motrileño José Montero Vives –continuador de la obra del Padre Manjón en la mejora de la vida de las personas con menos recursos-, quien se hace cargo de su situación, la regulariza ante la administración y le contrata como sacristán de la parroquia de El Salvador, en la capital nazarí. Tras cuarenta años de oficio, el sacristán comunista o el comunista sacristán  -que cuenta ahora setenta y cuatro de vida- se jubiló a su edad, pero aún continúa de misario meritorio, al calor de sus parroquianos, y de militante ideológico, a pesar de que sus cotizaciones en cuotas de lucha por la libertad nadie se las haya tenido en cuenta. 





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