Efectos secundarios del Covid-19

Puesto a buscar perfiles positivos de este aprisionamiento consentido, destacaré la abrumadora mayoría de vecinos y familias almerienses que han asumido el fastidio con espíritu cívico y responsable, sin dejarse llevar por extravagancias e insensateces. Y digo que me llama agradablemente la atención porque los almerienses estamos acostumbrados a la proclamación pública de la independencia más irreductible y al desprecio absoluto de las consignas públicas, sobre todo cuando significan lesión o menoscabo de nuestro ámbito de libertades y derechos. “¿Quedarme yo en casa? Mis co**nes no se quedan en casa porque no. Y punto.” 


Quizás ustedes hayan escuchado o incluso pronunciado algo así en las últimas semanas. Sin embargo y pesar de la bravuconería preventiva con la que muchos saludaron inicialmente las recomendaciones, lo cierto es que el comportamiento generalizado de los almerienses ante esta insólita y desesperante situación es de los que cambian el catálogo de los clichés y estereotipos de las poblaciones. Es más: lejos de mantener una cierta tolerancia admirativa con quien vulnere la norma establecida (la simpatía por la infracción, siempre en el horizonte emocional de la gente) hemos asistido a la censura airada, desde balcones y ventanas, de quienes se atreven a hacer el majadero por las calles con sus carreras, sus paseítos absurdos o con infantiles truquitos para burlar la vigilancia. Es decir, que a la hora de la verdad distamos mucho de ese escenario de permanente adolescencia mental que hemos manifestado tantas y tantas veces. Por eso digo que, a lo mejor, cuando esto acabe, nos queda la satisfacción de descubrir que vivimos en una ciudad y en un país extraordinariamente serio, competente y capaz de organizarse bien. Y esa autoestima colectiva (diametralmente distante de los habituales “no tenemos remedio” o “somos así, qué le vamos a hacer”) será uno de los mejores efectos secundarios del coronavirus. Ya hablaremos otro día del Gobierno.




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