Más ciencia, menos ideología

Vaya pasado fin de semana que hemos vivido! Lo iniciamos de la mano de la ideología y lo acabamos cruzando la puerta de la ciencia. En medio, tenemos la política,  los políticos y el virus.  Pedro Sánchez a la cabeza, con su guante azul de mago, que hizo el supertruco de cambiar en pocas horas todo el mensaje y acción gubernamental alrededor del microbio ya famoso. 


Todo empezó el viernes, con una huelga de estudiantes, ajenos a la realidad fuera de sus móviles.  


Luego, el domingo, las exitosas manifestaciones del 8-M, auspiciada por  el ‘feminismo de género’, lo que la derecha política cataloga como “ideología de género”. Este concepto ha transmutado. Hoy se percibe como bueno “tener ideología” por parte de los fans de la izquierda, pero precisamente Carlos Marx concibió el término como malo. Es curioso que la derecha sea en esto más marxista que los que se creen marxistas. 


Para el genial pensador alemán, “Ideología” era la superestructura, la falsa conciencia alienada de los miembros de la clase obrera. Las ideas que tapan su explotación capitalista, la que los engañan y entretienen. Por ello, la ideología implica en la política diaria una afirmación como “sígueme y hazme caso a mi, que tú no sabes ni lo que piensas ni lo que te interesa, que estás engañado por el sistema capitalista”. El título de una página de facebook muy popular es elocuente: “No hay mayor tonto que un obrero que vota a la derecha”. 



Este desdén hacia los obreros autoengañados que no comprendían la revolución se ha asumido hoy entre los seguidores más radicales del feminismo de género. No admiten ni la crítica, ni la duda, y menos aún la discrepancia. Cuando una mujer dice que no está de acuerdo, la descalifican con frases como “Háztelo ver, bonita!”,   que he visto en las redes sociales este fin de semana.  


La ciencia es totalmente opuesta a la ideología. A diferencia de ésta, la ciencia admite la crítica, la necesita para su continua evolución. Lanza hipótesis y teorías que tienen que ser confirmadas, revisadas o refutadas y este juego es honesto porque está abierto a todos. 


Es de lamentar que el Gobierno no haya optado por la ciencia en este tema, pero hay que celebrar que sí lo haya hecho con el problema del virus. “Son los expertos científicos los que nos tienen que marcar el camino”, dijo el miércoles el Presidente del Gobierno.  


Creo que las medidas tomadas y coordinadas por el Gobierno tras el fin de semana están siendo correctas. 


Si la política no sigue a la ciencia está condenada a la fantasía y la ficción,  como le pasó a Zapatero y su optimista ideología que nos puso al borde de la bancarrota y nos llevó a los recortes de Rajoy. Tras la extensión de la crisis económica  por Europa se sucitó aquella polémica mediática entre política y tecnocracia, cuando muchos periodistas santificaron a aquel ministro griego hoy olvidado.


Sánchez ha reaccionado más rápido que Zapatero, pero no quiso suspender las manifestaciones del 8-M por ideología, sabiendo que las condiciones de la protoepidemia eran las mismas que las que horas después desvelaron.  


Lejos del virus, hay un sector de la población, que inflamado por la ideología, no quiere ver con ojos científicos problemas concretos. La ideología mueve masas, personas acríticas que agitan pancartas y banderas, repiten lemas y memes por redes sociales. Y hacen piña, sienten el calor de la tribu y de la manada.   


Entre la ideología y la ciencia, los politicos se deben apoyar en la ciencia. Durante siglos, la ideología religiosa frenó los avances de la sociedad. Galileo, uno de los padres de la ciencia moderna, se libró de la hoguera en la que acabó Miguel Servet pero fue condenado. Ya en el siglo XX, Stalin realizó una enorme purga de científicos que no se adaptaban a la fantasía ideológica del materialismo dialéctico. 


Ciencia e ideología siguen modelos de comunicación antagónicos. La primera está abierta a la crítica, a la revisión de todo, de hechos, análisis, conceptos y conclusiones. La segunda, no. Cualquier científico de cualquier rama puede contribuir a mejorar o tumbar una teoría de otro científico en un lugar remoto del planeta. Cuando la ideología recibe una mínima crítica, hay una reacción inmune, como la de los organismos, se expulsa, se rechaza mediante insultos y descalificaciones. Es algo irracional. Los buenos políticos deben olvidar la ideología y apoyarse en la ciencia. No es lo único, pues la ciencia y su tecnología nos puede llevar a problemas. Hay algo más, un compromiso ético del gobernante, su valentía y responsabilidad.


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