Yo sobreviví al coronavirus

Ya llegó el apocalipsis”. La pantalla de mi móvil se iluminaba con este mensaje acompañado de las primeras medidas que el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso ha tomado en la Comunidad de Madrid por el coronavirus: el cierre de todos los centros educativos, desde infantil hasta universidades. En momentos como este me gusta alejar mi mente de ese miedo estúpido, autoindulgente y vacío con acciones vacuas.


Decido acercarme al supermercado, pero la psicosis irracional ya ha llegado a sus estanterías y me marcho con un rollo de cocina que me sirva como sustituto del papel higiénico.   


Parece prudente tomar este tipo de consideraciones extraordinarias ahora que vamos a morir todos, racionalizo. Durante estos últimos meses, hemos vivido esta pandemia minuto a minuto. Incluso hemos tenido tiempo para ridiculizar, frivolizar y satirizar el asunto. El coronavirus ya tiene un perfil en Twitter, con haters incluidos como la gripe común, y es el disfraz estrella de los carnavales y las despedidas de solteras y solteros. Las mascarillas se agotan y los geles con base de alcohol triplican su precio. Las imágenes de personas cubriendo su cara con botellas, ponchos de plástico y máscaras de buceo se viralizan en Internet. No he vivido tanta tontería e histeria colectiva desde la gripe aviar.


Peligro, peligro, peligro. Es la sensación que más se me antoja en estos días ahora que me he convertido en una víctima del alarmismo incipiente que sufre la sociedad. Podríamos comenzar por dejar de saludarnos, evitar cualquier tipo de contacto humano, establecer un perímetro de seguridad de tres metros con estructuras presurizadas que nos mantengan a salvo y, aun así, no sería suficiente. He empezado a tomarme la temperatura cada vez que me noto un poco por encima de las décimas que considero normales, me aseguro de la existencia de flemas tras un estornudo para descartar un posible contagio y, mientras comienzo a formar parte de esa histeria colectiva, me doy cuenta de que es mi apatía por el ser humano y su ignorancia la que me salvará del coronavirus.




No pretendo frivolizar sobre el asunto, pero acabo de encargar una camiseta que reza: “Yo sobreviví al coronavirus”. Es inevitable, la tontería es contagiosa. No quiero abocarme a esa histeria colectiva, como si fuese el único remedio viable con el que combatir un virus. Por paradójico que resulte, la ignorancia es lo que nos está matando. Tenemos que empezar a considerar que quizás se nos está yendo de las manos esto del coronavirus. Termino de escribir estas líneas con los dos primeros casos en Almería. Ánimo, la histeria, la psicosis y lo irracional va hacia allá. No olviden comprar papel higiénico.


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