Pateando garitos

Hubo un momento, justo al comienzo del nuevo siglo, que en este país pareció existir una única forma de acceder a la música. Ir desde el salón de tu casa a un plató de televisión y de ahí, con un golpe de suerte, al Bernabéu o el Palau. En esos recintos, a los que un deportista llega con mucho esfuerzo y entrenamiento, aterrizaban unos jóvenes e inexpertos cantantes cegados por la engañosa sensación de profesionalidad que les inculcaban en programas como OT y sus sucedáneos.  


Justo en esos años surgió Quique González, un artista que representa lo opuesto a ese mundo lleno de espejismos que, como se ha demostrado más tarde, no tiene otro objetivo que exprimir esos dudosos talentos hasta que de ellos no queden más que pellejo y huesos. Quique se curtió ‘de bolo en bolo’ y tiro porque me toca, pateando garitos, carretera y manta. Aprovechando un avión perdido para montar otro concierto ante quince personas. De sello en sello, escapando en lo posible de las multinacionales, forjándose una carrera en la que, vista con perspectiva, honestidad es la palabra que más refulge.


En sus inicios por los bares un golpe de suerte quizá fue toparse con Carlos Raya (M Clan), su cicerone en el complejo mundo de la producción, o con un crepuscular Enrique Urquijo para quien compuso el himno Aunque tú no lo sepas.


Personalmente me atraen muchas cosas de Quique: su peculiar voz, su querencia por la tradición sureña americana – en sus canciones hay ecos de Dylan, Young o Waits, pero también de Wilco o Lucinda – su forma cinematográfica de relatar en unas letras que, aun siendo difíciles de comprender, nunca te dejan indiferente. O su manía de bautizar a sus bandas: los conserjes, los taxidrivers, los detectives…


Desde su debut Personal (1998) ha recorrido el camino de los grandes, creciendo disco a disco, con trabajos acústicos como Pájaros Mojados (2002) o Kamikazes enamorados (2003), obras arriesgadas como Avería y redención 7 (2007), incursiones en el sonido Nashville con Daiquiri Blues (2009) y Delantera mítica (2013), hasta su última joya, Las palabras vividas (2019), en colaboración con su admirado poeta Luis García Montero


No lo veréis haciendo un playback en la tele, ni moviéndose entre la farándula habitual. Quique hace tiempo que, a contracorriente, se mudó de Madrid a Cantabria, de lo vacuo y banal de la capital a lo profundo y auténtico del paisaje pasiego. El otro día me demostró en directo por qué sigue siendo uno de los tipos más respetados de este negocio, alguien que aprovecha cualquier día libre para llevarnos a un mágico lugar entre Dallas y Memphis.


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