Como dirigir el tráfico en Chicago

Chicago es bien conocida, entre otras cosas, por el lamentable recuerdo de haber acogido al mayor nido de mafiosos de la Norteamérica del pasado siglo. No obstante, la más importante ciudad de Illinois también tiene una tradición musical inmensa, sobre todo en lo tocante al blues y al jazz en sus inicios, coincidiendo en el tiempo con la famosa ley seca y los negocios de Capone y sus socios.


Pero fue a finales de los sesenta cuando una banda decidió pasear por medio mundo el nombre de su patria chica, supongo que deseosos de liberarla de tanta connotación negativa e intentando que cuando alguien nombrase a ‘la ciudad de los vientos’ pensase en primer lugar en bellas melodías y no en la masacre de San Valentín.


Bien es cierto que comenzaron llamándose Chicago Transit Authority, algo así como si en nuestro país unos jovenzuelos atrevidos resolviesen llamar Dirección General de Tráfico a su nueva banda. Pero ya sabemos cómo se las gastan en el paraíso de las demandas, así que para ahorrarse una muy gorda decidieron acortar su nombre, quedándose con lo primordial.


Los Chicago más conocidos, esos que recalan periódicamente por la radio fórmula tradicional, son los autores de las muy bellas baladas If you leave now o Hard to say I´m sorry, pero su intención inicial no era entrar en las listas con tan melosos ejemplos. Sus fundadores, el magnífico guitarrista Terry Kath – admirado por el mismísimo Hendrix - , el eficiente teclista Robert Lamm, el habilidoso batería Danny Seraphine, y un bajista de impresionante voz, Peter Cetera, decidieron seguir la estela de los ya exitosos Blood, Sweat and tears, sumándose a la tendencia de las llamadas ‘big bands de rock’, un tipo de formación de corto pero interesante recorrido.


La fórmula era simple pero no sencilla: mezclar la energía del rock con la complejidad del jazz, incorporando una buena sección de metales a sus filas. Con esa premisa iniciaron su carrera, en la que abundaron los álbumes dobles - andaban sobrados de inspiración – y sus dos primeros trabajos, editados en la frontera entre los prodigiosos sesenta y los más experimentales setenta, son magníficos ejemplos de la tremenda calidad que atesoraron. 


Cuando llegaron los cambios de aires ochenteros supieron adaptarse al nuevo hábitat, editando algunas obras de pop elegante también dignas de ser escuchadas. Si tuviese que ponerles un ‘pero’ sería la falta de imaginación a la hora de titular sus álbumes. Empezaron por el uno, y hace pocos años editaron Chicago 36. No voy a decir cuál fue el ordinal que yo adquirí siendo jovencito. Me haría sentir muy mayor.


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