La escuela de Celáa

Estoy en contra del pin parental que pretende poner en marcha Vox en algunas autonomías, para lo que necesita, al menos, el apoyo del PP, porque separa a unos alumnos de otros, no soluciona el problema y es bueno que los niños se eduquen en el respeto, la tolerancia y el conocimiento de la realidad y de los valores cívicos y democráticos. El problema está en quién define esos valores y en cómo algunos utilizan o quieren utilizar la educación para formar unos determinados ciudadanos. El ejemplo más claro es Cataluña --también Euskadi--, con sus ramificaciones, ahora, en la Comunidad de Valencia y en Baleares.


Pujol es el principal responsable de que una determinada política educativa con la imposición de una lengua y una cultura excluyentes de la otra, haya provocado lo que hoy sufrimos. Y será muy difícil dar marcha atrás para encontrar la igualdad o la libertad. La educación es un arma cargada de futuro, pero los niños no pueden ser utilizados, adoctrinados y formados si no es desde la libertad y el máximo respeto. Y sí, los padres de esos alumnos, tienen algo que decir. Y deben ser escuchados en el centro escolar.


Antes de afirmar en el Palacio de La Moncloa que "no podemos pensar que los hijos pertenecen a los padres", la ministra ya había dicho en el Congreso de la Escuela Católica --sabía dónde estaba, sabía a quién hablaba, sabía lo que decía-- que "de ninguna manera se puede decir que el derecho de los padres a elegir centro educativo puede ser parte de la libertad de enseñanza" y que se iba a eliminar la demanda social como criterio para adscribir alumnos a un centro. Dos veces seguidas limitando los derechos de los padres --en contra de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional-- y, sobre todo, su responsabilidad, no son casualidad, sino preludio de medidas. La ministra que se opone al pin parental porque los alumnos tienen derecho a recibir una información y una educación global, excluye la enseñanza de la religión de las aulas, cuando sin el estudio de las religiones, y especialmente de la católica, un alumno no solo no tendrá una formación integral, sino que ignorará la esencia y la historia de la cultura en que vive y difícilmente será capaz de entender Europa, la literatura o la historia del arte, por ejemplo. Es difícil casar el mensaje de que hay que excluir la religión de la escuela porque pertenece a la esfera de la familia y que ésta no tenga derechos sobre la formación de sus hijos en otras materias. El peligro es el sectarismo y la ausencia, deliberada, de diálogo. No hay que tener miedo a la libertad.




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