Fantasmas y miedos de la Desbandá

Aesa hora incierta que abre la infinita noche hospitalaria, el tenaz e inquieto ocupante de una de las dos camas que alberga la habitación número 404 del centro sanitario, pregunta en voz alta a su compañero de estancia cuándo acudirán los sanitarios responsables de prestarles la última asistencia, antes de echar las cortinas de sus ojos y emprender el desconocido camino nocturno. Previamente, el receptor de televisión  se ha quedado en negro. Hasta ese momento, el programa de la emisora seleccionada ha dado buena cuenta de la actualidad del día , centrada, entre otros asuntos, en la marcha de las negociaciones para conformar un nuevo gobierno - que codirige esa nueva pareja sellada por el abrazo de un escenificado idilio con corto recorrido, dicen-, en los pormenores de la cumbre sobre el cambio climático, que se celebra en Madrid, y  en algunos de los habituales desencuentros  protagonizados durante las últimas jornadas entre dirigentes de la ultraderecha y de la derecha, hermanos en la unidad de destino; informaciones que el interno comparte con su particular ejercicio rehabilitador de brazos. Los altibajos  alternan su estado de ánimo, pero asegura que su movilidad ha progresado bastante durante  los últimos días, pese a que, dados los recortes en personal, ha habido algunas jornadas de rehabilitación que se ha desaprovechado.


A Mario Hernández lo he conocido en un público centro hospitalario –gestionado por la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, gobernada por el PP y Ciudadanos, con el apoyo parlamentario de la ultraderecha-   porque el fortuito azar ha procurado unas forzadas vacaciones sanitarias a un querido y admirado amigo que vive sus días de recuperación en el mismo establecimiento que el octogenario paciente. Con más de tres meses de estancia, Mario es un veterano del sanatorio, adonde llegó por un error de diagnóstico tras un accidente agrícola, pero mayor veteranía cuenta la larga y dilatada trayectoria política de este guarda fluvial, quien durante varias décadas militó en el desaparecido Partido de los Trabajadores de España hasta su inclusión en el PSOE, siglas con las que obtuvo un acta de concejal durante varios mandatos en uno de esos núcleos del litoral, entre Málaga y Almería, donde algún que otro anciano, con noventa y más años de edad, te cuenta, aún hoy, más de una historia pavorosa de la Desbandá –el éxodo de los cuarenta mil malagueños que huyeron, en febrero de 1937, de su ciudad republicana, a punto de caer en manos de las sublevadas tropas franquistas-. Apenas contaba diez años Mario cuando vio empañada su infancia marinera con la mayor masacre civil del siglo XX, antes de las ejecutadas por Hitler y Stalin, que costó la vida a más de cinco mil seres humanos, víctimas del holocausto que a lo largo de unos doscientos kilómetros de la antigua carretera nacional 340 sembraron los cañones y ametralladoras de los barcos sublevados y las bombas de los cazas italianos. La barbarie y el horror se apoderaron de aquella senda de dolor y muerte, en donde los niños de hace 81 años, como Mario, grabaron en su retina las dantescas imágenes de incesantes hileras de transeúntes desechos, descalzos y desvanecidos que hablaban con la mirada perdida y el alma olvidada,  exhaustos seres que imploraban ayuda y refugio. El drama de aquellos días aciagos y el miedo de los postreros años de dictadura perviven aún de forma traumática en quienes lo vivieron.


Semanas atrás, Mario reprochó a una de sus hijas que diera a conocer en el hospital su actividad, militancia y pasado políticos. En plenas facultades mentales, el enfermo   justificó tal reproche: “porque ahora que gobierna la derecha en Andalucía puede que si se enteran de mi identidad, con tantas medicinas como me dan todos los días, son capaces de administrarme alguna pastilla y me quitan de este mundo”. Entre sonrisas y asombro, la paciente hija trató, en vano, de disuadirle de tan imaginativa fantasía. Y es que los fantasmas y miedos del pasado aún perviven con fantásticos formatos.





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