Eres tú

Isaías Lafuente
07:00 • 21 nov. 2019

Nueve años después desde el inicio de la instrucción del sumario, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha dictado sentencia sobre el caso de los ERE. El tribunal, en una resolución demoledora, condena por malversación y prevaricación a los acusados y da por probado que los responsables "eran plenamente conscientes de la palmaria ilegalidad" que estaban cometiendo. Entre los condenados, los expresidentes andaluces Manuel Chaves y José Antonio Griñán que, aparte de la inhabilitación y salvo que el recurso suavice la pena, tendrá que pagar el delito con seis años de cárcel.


Con todas las salvedades, porque la sentencia será recurrida al Tribunal Supremo, porque entre los hechos probados no consta que de la ilegalidad se beneficiasen personalmente los condenados ni llegase financiación ilegal al PSOE, la condena pesa como una losa sobre el prestigio de ese partido en una comunidad que ha gobernado durante décadas. Por eso sorprende el silencio como reacción tanto de Pedro Sánchez como de Susana Díaz. Y sorprende aún más los argumentos empleados por José Luis Ábalos, Adriana Lastra y Juan Cornejo, marcando distancias con los condenados, alegando que son asuntos del pasado o arguyendo el repetido "y tú más", recordando al PP que ellos también tienen lo suyo.


¿Tanto cuesta asumir la gravedad de lo juzgado? ¿Tan difícil es pedir disculpas a la ciudadanía y, especialmente, a quienes depositaron su confianza en el PSOE en Andalucía? Chaves y Griñán no sólo presidieron el gobierno andaluz, ostentaron ministerios y vicepresidencias en los gobiernos socialistas de España y, por si fuera poco, fueron presidentes del PSOE precisamente en la época de los ERE. Así que, por ética, por dignidad, por elegancia y por decencia, los actuales responsables del partido, que nada tienen que ver con aquello, no pueden, sin embargo, despachar lo que hicieron Chaves y Griñán como si no fueran de los suyos. Y lo son porque lo fueron. Conviene recordar una vez más que las herencias vienen en un cajón que carga con lo bueno y lo malo del pasado. Y uno no puede enorgullecerse legítimamente de lo uno sin asumir la otra carga, por pesada que esta sea.







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