Los caramelos del sacristán

Las campanas han enmudecido en muchas iglesias o se han automatizado, apenas hay novenas y triduos, en las bodas  ya casi no se interpreta la marcha nupcial y los responsos se han simplificado, con lo que el mester de sacristía se ha demudado en un sentido distinto al tradicional. Son algunos de los argumentos de quienes esgrimen las razones de un oficio condenado a desaparecer. Sin embargo, aunque algo transformados, aún sobreviven estos obreros divinos, mitad fray Papilla y mitad fray Talán, herederos de aquellos personajes de sotana lamparosa y roquete de puntillas, que en cualquier momento te cantaban  un réquiem o te musitaban tres paternosters por minuto. Casi todos han tenido un pasado muy similar, con inicios de monaguillo y estrecha vinculación con las diferentes parroquias, y a muchos de ellos  el oficio les ha dado lo que la sociedad les ha negado. Numerosos han sido los vaivenes por los que ha pasado este peculiar oficio que, aunque comparta cometidos, no siempre presenta las mismas características. El gremio ofrece diferentes perfiles, según la ubicación, profesionalidad y dedicación. No es comparable, verbigracia, la situación económica y laboral del medio centenar largo de sacristanes de Madrid –agrupados en una hermandad, que fue aupada por el cardenal Tarancón- que la de un sacristán rural –si pervive aún- de cualquier pueblo perdido de nuestra geografía, que desempeña sus tareas desde un generoso voluntariado, alejado de las viejas propinas que tan poco han contribuido a dignificar esta noble ocupación. Las modificaciones de las funciones de los misarios y las diferentes normativas eclesiásticas han determinado sus relaciones laborales.


No debe resultar extraña, según lo referido, la  oferta laboral que, vía epistolar, llegó, hace sesenta y ocho años, al que fuera sacristán de mi pueblo, Francisco Rodríguez, uno de esos ayudantes de sotana, roquete, bonete y canto gregoriano que desempeñó su empleo en Murcia, El Contador, Oria y Benahadux.  El autor de la misiva –fechada en Almería en octubre de 1951- era don Santiago Díaz, canónigo doctoral de la Catedral almeriense. El contenido de la carta no puede ser más ilustrativo acerca de los avatares de este escolano: “Querido amigo: Le escribo para decirle que va a quedar vacante la sacristía de la Catedral, por si le conviene, pues José Antonio, el que había, ha encontrado otra colocación mejor (900 pesetas y casa de balde). Y José Antonio Chavero, como ya está viejo para estos trabajos, piensa irse, a primeros de mes o así, a Sorbas, a su casa, a estar tranquilo y allí irá a la iglesia a ayudar por devoción y afición, pues ya se hicieron amigos él y el cura, pero dice que en Sorbas, seguramente, le darán un estanco; me dijo que le escribiera, pero usted puede escribirle a él o al señor obispo, o venir por aquí; pero fíjese usted bien antes de levantar la casa, pues la capital por fuera tiene mucho brillo, pero dentro cuecen habas. Si no asegura usted las 600 o 700 pesetas al mes, por lo menos, usted verá, y debe echar la cuenta con lo que tiene ahí…un abrazo de su siempre amigo. N.P.- Recuerdos a Juan Perillo, y 1 peseta que tengo abonada para que se compre caramelos…( ya está vacante, pues José Antonio se fue hace quince días ..José Chavero se llama José Martos)”. 


La plaza de sacristán de la Catedral debía tener muchos “novios”, pues los padres franciscanos de Almería, con quienes el aspirante tenía cierta relación, se tomaron cierto interés, como evidencia la carta remitida al sacristán rural, apenas un mes después, por Pedro Lozano, uno de los responsables de la congregación: “ Mi estimado en Cristo: Ayer estuve hablando con un canónigo, don Andrés Pérez Molina, y me dijo que muy conforme en que vengas tú a la Catedral de sacristán, pero que escribas enseguida pidiendo condiciones, una especie de contrato. La paga, me dijo, era de 300 pesetas, más el 20 por ciento de los sellos, que serían unas 150 pesetas más, y no sé si tendrías alguna cosilla más. Obligaciones: abrir la Catedral a las seis de la mañana y barrer una vez en semana. El vicario general no estaba y este canónigo tiene el encargo.


Me dijo que había más solicitudes, pero que escribieras tú enseguida y sería para ti. Creo que también tienes donde estar. Un  saludo afectuoso…”. A Francisco Rodríguez no debieron salirle las cuentas o, tal vez, pesó más la compañía de, su borrica  “Tunanta”, que no podría alojar en su nuevo destino. Mucho tiempo después, el sacristán de mi pueblo dejó su pequeña huerta, su burra y un desvencijado arcón. Se trasladó a la parroquia de Benahadux, donde, con más de cincuenta años de oficio, acabó sus días y donde siempre echó de menos aquellos caramelos de la centenaria confitería  de “La Polaca” que regentaba Juan Perillo. 



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