El frustrado sueño de una torre

No hace mucho tiempo afirmé en este faro de papel que cualquier rincón  en el que no se oiga cantar el gallo o el sonido de las campanas no se puede incluir en ningún mapa rural, ese escenario que acoge, en gran parte, lo que ahora llaman con poca fortuna “la España vaciada”. Es decir, los pueblos o núcleos que paulatinamente se han ido despoblando sin que nadie haya puesto freno a esa imparable carrera hacia el desequilibrio territorial y humano al que nos hemos visto abocados. Además de los dos rasgos enunciados de propia cosecha, hay otras señas de identidad de las que no han gozado  todos nuestros pueblos y que algunos de sus hijos han añorado desde su infancia, una etapa en la que las rivalidades entre municipios vecinos afloran con mayor pasión hasta en los detalles más nimios. Me lo recordaba la pasada primavera Gregorio Valdés, un nonagenario hijo de la Almería despoblada, mientras paseaba, junto a su compañero Eliseo, por una de esas frecuentadas “rutas del colesterol” de nuestros pueblos y aldeas.


En el descanso de sus caminatas, sentado sobre un banco de piedra, con el rostro entreverado por los rayos matutinos del sol que traspasaba su rojiza visera sostenida sobre canos cabellos, asidas sus manos a un bastón de almez, la voz quebrada del calendario no cesaba de insistir en que la vida se le había escapado y que necesitaba una segunda oportunidad para concluir los proyectos que no había podido acometer. Aquella afirmación avivó mi interés. El paisano no se hizo de rogar y me contó algunos pasajes de su existencia y la razón por la que  reiteraba su incesante “se me ha escapado la vida”. En su infancia, los niños de la comarca presumían de la altura de la torre de las iglesias de sus pueblos, de las campanas y del reloj que contaba el tiempo a golpe de badajo. El pequeño templo de su pueblo nunca contó con una torre con campanario, ni con reloj que diese las horas. Aquella circunstancia le hizo sentirse diferente, algo inferior a sus amigos de localidades vecinas.


Gregorio Valdés era el mayor de los hijos de una familia numerosa. A los doce años se vio obligado a abandonar sus estudios en la escuela del pueblo para ayudar a su madre -que trabajaba de lavandera y planchadora- en la rebusca de frutales y contribuir con su venta a sostener al resto de sus hermanos, dado que el padre enfermó muy joven de tuberculosis y nunca más pudo recuperar la vida laboral. El mozalbete se empleó después como peón de albañil hasta que la mili le procuró el primer viaje y la primera salida de su pueblo. Concluido el servicio militar retornó a su localidad, pero pronto se subió al tren de la emigración a Francia, donde conoció a una extremeña, también migrante, con quien se casó, algún tiempo después, y quien le dio dos hijas que se asentaron en el país vecino, donde residen y han formado sendas familias. Hace años que la jubilación devolvió a Gregorio a sus orígenes, desde donde se trasladó a la capital de la provincia. El nonagenario paisano tenía puestas todas sus esperanzas en que la suerte le sonriera algún día en alguno de los boletos de Bonoloto que semanalmente jugaba. Siempre confío en que más pronto que tarde sería agraciado con un pingüe  premio que le permitiría construir la torre de la huérfana iglesia de su pueblo, campanario incluido, con lo que se igualaría a las demás localidades colindantes, y el dinero sobrante lo emplearía en una fundación para procurar educación a sus pequeños paisanos que no tuvieran acceso a ella por la precaria situación económica de sus familias. 


Meses después, he vuelto a la “ruta del colesterol” donde conocí al ilusionado Gregorio. Encontré a Eliseo, que estaba solo, y mi intuición se confirmó: El entusiasta vecino murió el pasado verano. Recordé entonces la conocida pieza musical “La torre de mi pueblo no la puedo olvidar..”, que me enseñaron en mi niñez. Y en la niñez nació la frustración de aquel pequeño hijo de la Almería rural, que donde quiera que esté no olvidará la soñada torre y el campanario de la iglesia de su pueblo.




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