Carta a Ana Julia

No, Ana Julia, no. Contigo no puede haber perdón. Ni olvido. Las lágrimas fingidas que derramaste mientras pedías perdón en la sala donde se te está juzgando por la impiedad brutal de matar a un ruiseñor no van a conmover a quienes asisten con espanto a tu lúcida locura. Encarnas tanto el cinismo que en una de las imágenes en las que fingías llorar, tapándote la cara, dejabas libre un ojo en el que reflejabas una frialdad que solo provocaba espanto. 


Aprovecharse de la inocencia de un niño para llevarlo al lugar donde tenías planeado acabar con su vida; golpearlo con crueldad hasta situarlo en la estancia que precede a la muerte y asfixiarlo con tu manos, con tus propias manos, durante un interminable y dramático tic tac de cuarenta y cinco a noventa minutos de agonía, como sostienen los informes forenses; abrir un hoyo con una pala durante dos horas para esconder el cadáver; pintar después una puerta mientras fumabas con enloquecido frenesí; fingir ante todos, con una frialdad imposible de entender para cualquier ser humano, un premeditado sentimiento de dolor durante once interminables días; dormir durante once interminables noches en la misma cama, bajo el mismo techo, cobijados en el mismo calor, junto a un padre derrotado por el insomnio del miedo al que acabas de matarle a su hijo, te sitúa extramuros de la última esquina en la que el peor ser humano puede tener escondida un mínimo de sensibilidad.


Nada de lo que has dicho en el juicio es creíble. Mientes con la frialdad de quien pretende, inútilmente, modificar el sentimiento de quien escucha. Es una puesta en escena en la que, desde el primer gesto hasta el último detalle, todo está diseñado en el laberinto de tu mente.

La capacidad seductora que exhibiste antes de que se descubriera tu barbarie ya no te vale. Te fue útil mientras engañaste a quienes te quisieron antes de que les llevaras a la perdición sin remedio, al espanto sin consuelo, a la muerte, como la de aquella niña que nadie sabe (¿quizá solo tú?), cayó de un sexto piso en Burgos cuando apenas había llegado a la vida.


Y ahora pides, sin vergüenza, la piedad que nunca demostraste con ningún ser humano con el que  compartiste afectos. Nunca puede haber paz para los malvados. Pero tu cinismo y tu crueldad son tan grandes que has asumido un concepto de crueldad tan brutal que no solo no has perdido la paz, sino que viendo tus respuestas ante el tribunal quizá no hayas sido capaz de sentir un escalofrío sutil al recordar lo que hiciste.

La acumulación de maldad que encierras no deja posibilidad a un atisbo de bondad alguna. Pretendes mentir con tanta sinceridad que nadie puede llegar a creerte. Quién puede hacerlo cuando dices con solemnidad que pusiste la camiseta de Gabriel para que te detuvieran; o cuando alegas que pretendiste suicidarte. Para suicidarte después de haber cometido el crimen deberías encontrar en el último rincón de tu alma un poso de arrepentimiento, un inesperado sentimiento de culpa, un atisbo de compasión por quienes tanto dolor has provocado. Lo que hiciste en la primavera adelantada de aquel febrero que conmovió a millones de españoles y tu comportamiento de esta semana de verano tardío en la sala de la audiencia de Almería hace imposible que la sombra tenue de esos sentimientos encuentre acomodo en tu corazón. Porque no tienes ni corazón ni entrañas.


Y frente a ti, frente a tu maldad, la imagen de Patricia reflejado en el espejo de bondad que tu rompiste sin remedio y para siempre. ¿Qué sentías cuando la veías llorar abrazada a la esperanza, tú sabías, bien que sabías, que imposible, de que Gabriel continuara con vida? ¿Qué has sentido cuando la has oído en el juicio, cuando la has visto con el dolor sereno dibujado en el rostro, en el gesto, incluso de lanzar un beso a quienes le esperaban en la puerta de la Audiencia llevándose los dedos a la boca, acariciándose unos labios en bancarrota desde entonces?

Has sido tan cruel que, en tu crueldad, también has arrastrado, a veces, a los medios (y aquí nos debemos incluir todos), que siguieron aquella desventura y sus entornos. El mal es devastador. Por eso nunca sabremos, cuando llegue el trance de tu agonía, cuál será de tu paso por la vida tu balance. No creo que, cuando llegado ese momento, sientas la amargura irremediable del arrepentimiento.


Lo que si sabemos es que la maldad no tiene límites. Y para quienes, con una conmovedora ingenuidad, predican que se maldiga el delito, pero se compadezca al delincuente, que recorran tu historia mientras tú te pudres en la cárcel. Porque nunca debe haber paz, ni piedad, ni perdón para los malvados. Y tu eres una de esa partida de desalmados sin alma y sin conciencia.


Dentro de unos días conoceremos el veredicto. La sentencia emocional la conocimos aquel mediodía de marzo en el que maldecías a Gabriel y a Patricia mientras tratabas de esconder en una cochera de Vícar el cadáver de un ruiseñor al que tu maldad no le dejó volar.            



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