Crónica de un viaje en tren

“El tren salió puntualmente y en ninguna de las paradas subió ningún otro pasajero”

Como varios millones de españoles, el pasado 15 de agosto me dispuse a viajar. Un grupo de amigos estaban disfrutando de unos días de vacaciones en un cortijo a 30 kms de Granada, y me invitaron a pasar el puente con ellos. Varios eran almerienses y me ofrecieron traerme de regreso en uno de sus coches, pensando que esa amabilidad contribuiría a animarme.


Decidí por lo tanto hacer el viaje en transporte público, dudando entre subirme a un autobús o arriesgarme a tomar el impredecible servicio ferroviario regional. Soy muy partidario del tren: su amplitud, su comodidad y su sostenibilidad (en las líneas electrificadas) lo convierten sin duda en el medio de transporte más competitivo y confortable, ahora y para siempre. 


Las dudas se disiparon cuando comprobé (con la ayuda insustituible de Internet) que el autobús que une Granada con el pueblo más cercano al cortijo de destino no sale de la Estación de Autobuses, sino de una parada del Consorcio Metropolitano ubicada junto a los comedores universitarios, a un paso de la Estación de Ferrocarril. A las 9 de la mañana.


Empezó entonces mi aventura con Renfe. En la sección de horarios de su página web comprobé que para estar a las 9 en la parada del autobús no tenía otra alternativa que el calvario que inicia a las 5.08 am el autobús a Huércal de Almería, de donde sale el tren a las 5.44. Sin embargo en la sección de billetes no aparecía este servicio, por lo que tuve que llamar a atención al cliente donde a una máquina de esas que pide pulse el 1 o el 2, etc. logré arrancarle la confirmación de que el tren que pretendía tomar circularía al día siguiente.


Decidí acercarme a la Intermodal, donde me encontré con que la taquilla de Renfe estaba cerrada. Una amable señorita de Adif que se ocupaba de la información no sabía por qué en semejante fecha esa tarde no se despachaban billetes, pero me aseguró que podría pagarlo en el `propio tren, consiguiendo incluso el descuento de mi tarjeta dorada de persona mayor.


Al día siguiente aparecí directamente en la Estación de Huércal y coloqué mi equipaje en uno de los cuatro asientos de una de esas mesas que permite trabajar durante el trayecto. Recorrí el tren y no había ningún otro pasajero. Solo un par de empleados estaban ya en sus puestos en la oficina. Unos minutos después vi llegar al autobús de la Intermodal que, como venía vacío, maniobró en la explanada y volvió a salir sin detenerse. Era evidente que iba a viajar solo. Se me ocurrió entonces que tendría que escribir a Renfe para agradecerle que pusiera un tren de 182 plazas a mi disposición sin necesidad de compartirlas con nadie.


El tren salió puntualmente y en ninguna de las paradas subió ningún otro pasajero. Yo llevaba mi ordenador abierto para aprovechar el tiempo de viaje poniendo cosas al día. Nadie vino a molestarme, ni siquiera a pedirme el billete. ¡No solo iba solo, sino que me llevaban gratis! El viaje transcurrió sin ninguno de sus temibles retrasos, así que a las 8 en punto llegamos a Granada. Mientras bajaba, vi que en el patio de la Estación algunos granadinos subían al autobús que los llevaría a Antequera, donde los que iban a Sevilla tendrían que cambiar a otro autobús a Carmona, y hacer allí un tercer trasbordo. Sentí alivio de no tener que ir con ellos.


En el amplio y moderno añadido que han construido como terminal del AVE trabajaban cuatro empleados a los que pregunté por el cambiador de ancho de vía. Tras discutir entre ellos, uno dijo que eso debía ser la obra que habían empezado la semana anterior en Maracena aunque no estaba muy seguro. También me explicaron que los trasbordos se debían a que la línea de ancho ibérico resultó destrozada por unas lluvias torrenciales hace tres años, y que aún no se había reparado. Tras saludar cortésmente me fui a tomar mi autobús un poco apesadumbrado por la tragedia del lamentable abandono de nuestro servicio ferroviario. Así están las cosas.



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