Pobre Meritxell

Rafael Torres
11:00 • 23 may. 2019

Nunca imaginó uno que un presidente del Congreso de los Diputados, tercera autoridad de la nación, pudiera dar tanta lástima. No por él, por ella en éste caso, sino por la cantidad ingente de sapos y culebras que se va a tener que tragar y por las enormidades que va a tener que oír, y eso que Rafael Hernando no está y se ha llevado su energumenismo verbal y gestual a la otra Cámara.


Meritxell Batet podría, incluso, dar más lástima que su antecesora en el cargo, pues las bancadas de la oposición con las que Ana Pastor tuvo que lidiar hasta la moción de censura, deprimidas y desarboladas por sus catarsis y sus cosas, no disponían ni del fuelle ni de la disposición para la bronca de las actuales. O dicho de otro modo; que si Ana Pastor hubiera tenido que pastorear un hemiciclo con Casados, Riveras y Abascales capitaneando la debelación al gobierno, habría dado tanta pena como ésta pobre Meritxell que ya recibió en la sesión inaugural las primeras pedradas.


La derecha lleva tradicionalmente muy mal, como se sabe, lo de estar en la oposición, pero ahora, que son tres, y que sus respectivos líderes se creen en la necesidad de rivalizar en desmesuras, el panorama no puede pintar más desalentador para la política catalana, quien a su temperamento morigerado añade, eso se ve enseguida, una buena educación. Pero si al tridente pateador y trabucaire se suma lo que el dicho tridente ha decidido que da sentido a su vida y a sus pateos, la presencia tocapelotas en la Cámara de los independentistas catalanes que quisieran perderla de vista pero que, entre tanto, cobran sus buenos sueldos de ella, y aun se añade la movida de los que de los suyos andan siendo juzgados en el Supremo, y a todo ésto el endemoniado ecuador de los 175 escaños, entonces lo que suscita Meritxell no es lástima, sino una desoladora mezcla de compasión y misericordia.



Meritxell Batet es, por lo que de ella se sabe, una persona despejada e instruida, y, si fue ella la que se escribió el discurso con que se estrenó en el cargo de presidenta del Congreso, una política con más ganas de política que de reyertas tabernarias, que es lo que principió a haber el martes entre los nuevos inquilinos del caserón de la Carrera de San Jerónimo. Uno, que nunca pudo imaginar que la tercera autoridad del Estado pudiera darle tanta lástima, se inclina a sospechar que ésta mujer no sabe dónde se ha metido.





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