El censor de sacristía

José Luis Masegosa
07:00 • 22 abr. 2019

En este lunes de Pascua que da principio a la semana de pasión de los candidatos a los comicios electorales del próximo día veintiocho, las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades aún custodian el aroma a incienso. En este lunes jubiloso para la cristiandad, de resaca merendona y reinicio laboral –no en todas partes- , los conductores de los convoyes de la campaña electoral pisan el acelerador con vértigo, pero con sumo tacto ante las estrategias de los adversarios. Un frenazo a destiempo o un aceleramiento inoportuno pueden ocasionar irremediables descarrilamientos con fatales consecuencias para los viajeros de los primeros vagones. 


Querámoslo o no, nuestra existencia transcurre en jornadas de intensa actividad política, de encuentros, reuniones, comparecencias públicas, mítines, proclamas y mensajes políticos por doquier, desde las redes a los modestos medios de comunicación convencionales. 


“De pueblo en pueblo el cantor, con el ojú de su voz, va levantado la vía; como pájaros de abril, canta por el cielo gris, al aire de la alegría”, que proclamara con su inquebrantable voz el inolvidable cantautor Carlos Cano, quien para estas calendas sentenciaba: “Política no seas saboría, y arrimate un poco al querer, que no se te escape la vía, por esa hería que abre el poder”. Un oportuno mensaje, ahora que la política, sus titulares y aprendices venden, a todas horas y en todas partes, la panacea de los males que aquejan a nuestra sociedad. Nadie es ajeno a que tan “altruista” menester forma parte de un complejo engranaje dispuesto por las formaciones políticas que concurren a la próxima consulta para llegar allí donde, incluso, el viento da la vuelta. La maquinaria electoral no suele dejar nada al albur de la improvisación y las intervenciones y los discursos, cuentan con un responsable último que incorpora, recorta o modifica frases y términos, o sea un asesor-censor. 



Tan reciente la Semana Santa, salvadas las abismales distancias entre su liturgia y la de una campaña electoral , recuerdo ahora la oculta labor desarrollada durante muchos años, mediados los ochenta del pasado siglo, por el misario de la Parroquia de San Felipe y Santiago, en la manchega localidad de Bolaños de Calatrava. Dada las numerosas atenciones que ocupaban al párroco titular, durante los días grandes de la Semana Santa bolañega acudía a oficiar el Padre Centeno, un agustino tildado de jansenista y dotado de gran prosapia.


Tal era su ardiente pasión por la predicación que, en sus inicios, contaba con una numerosa feligresía que concurría a los sermones de tan inagotable orador, quien era muy precavido y siempre contaba en sus manos con un buen fajo de papeles manuscritos. De forma inexplicable, la concurrencia comenzó a mermar en los oficios de Jueves y Viernes Santo. La feligresía se quejaba sotto voce del excesivo tiempo de las pláticas del fraile agustino, que se prolongaban por espacio de dos, tres y hasta cuatro horas. 



En el convencimiento de mejorar la asistencia a los cultos y de aliviar la permanencia en los mismos de los bolañegos, Pablo Mendoza, el veterano sacristán, ideó una sigilosa estrategia. Aprovechaba la ritual visita al excusado, previa al sermón, del agustino, y sustraía al azar un manojo de folios de su sermón. Mermado el texto, el predicador no podía sino recortar su intervención. La reducción del sermón corrió de boca en boca y el templo bolañego volvió a llenarse de feligreses, quienes no dudaron en agradecer al Padre Centeno sus escuetas intervenciones. 


Nadie supo jamás que el verdadero artífice del alivio de la plática no era su titular, sino el avispado escolano, quien, a fin de cuentas, ejerció como un asesor-censor de los que acompañan a nuestros candidatos, pero Pablo Mendoza solo fue un censor de sacristía. 




Temas relacionados

para ti

en destaque