La sombra y la luz del Viernes Santo

Adolfo González Montes
11:00 • 19 abr. 2019

La crónica evangélica dice que, llegada la hora sexta, al mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona, las tres de la tarde. Cuando un pelotón de gente armada con espadas y palos, seguido por la turba y guiados por Judas llegaron a Getsemaní, Jesús entregándose a ellos les dice: «Esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas» (Lucas 22,53). Los expertos en la Biblia aclaran que en la literatura apocalíptica la hora sexta era la hora del juicio de Dios, y el oscurecimiento del Calvario ponía en evidencia que así era. El duelo entre las tinieblas y la luz parecía dar la victoria a las tinieblas una vez entrado en agonía el que había dicho de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8,12).


La sombra del Calvario se extiende desde entonces con cuanto oscurece la mente y la conciencia del ser humano, para que quede oculto el esplendor de la verdad. La sombra del mal se proyecta sobre toda la creación a lo largo de los siglos, y el poder de las tinieblas se manifiesta en las esclavitudes padecidas por la humanidad. El oscurantismo disfrazado de luz se extiende en la cultura moderna cegando la visión liberadora de la verdad en la misma medida en que avanza, asentándose en mentes y corazones, la idea de que el hombre está sólo.

La idea de que el ser humano sólo se tiene a sí mismo, y que sólo él puede disponer de sí conforme la luz única de generadores prefabricados. La cultura agnóstica de nuestro tiempo, alejada de Dios, ha creído encontrar en la luz oscurecida del mundo la constatación por la vía de los hechos de la que la ausencia de Dios es, como predijera el filósofo de la muerte de Dios, el triunfo de la libertad. Es hombre, al fin, tiene las manos desatadas para hacer de ellas el instrumento del artífice de sí mismo. 



Mas el mundo se inunda de oscuridad cada día donde la destrucción de las armas ahuyenta la vida y masas de seres humanos desplazados y perseguidos son empujadas a desfiladeros sin salida francas y libre. La oscuridad se cierne sobre la sociedad apagando la conciencia moral, ahogada por el relativismo y el oportunismo de los discursos políticos, ayunos de ética alguna, reducidos a mero cálculo de la mejor posibilidad para saltar el poder. La tiniebla envuelve el gozo de la vida apagando la felicidad, cuando llega a destiempo y frustra el amor y la dicha de amar, y el zarpazo de la muerte arrebata al ser amado. Cuando se asfixia la vida naciente en el seno de la madre y el infanticidio merma la dicha de ver crecer numerosas nuevas generaciones, para que mundo no envejezca en esta Europa acomodada y sin fármacos que curen su esclerosis espiritual que la ahoga en bienestar mientras millones de seres humanos hambrean hasta la muerte. Cuando llega la muerte por sorpresa, sin ni siquiera avisar, y cuando llega tan callando y, tras los años, todo se extingue. Cuando la enfermedad que postra y maltrata empuja a un suicidio asistido, paliativo único del suicidio a secas de quien se quita la vida y de la eutanasia que acaba con el malestar en falso, un terrible y pavoroso mal que crece en el mundo como solución a los males que uno está abocado a padecer.


¿Qué queda entonces de la tenue luz que pretende competir con la radiación luminosa del astro que el Creador colgó del firmamento para que fuera la lámpara que hiciese surgir la vida y la acompañara desvelando la verdad de las cosas creadas y la verdad de las construidas? El poder de las tinieblas que ensombrecieron la muerte de Cristo sólo duró hasta el alba del domingo, cuando la luz cegadora de la resurrección del Señor crucificado y devuelto a la vida por el Creador hizo ver a los poderes de este mundo que la tenue luz de los generadores sólo era una luz aparente, apenas ilusión de luz y señuelo engañoso que somete y esclaviza, un disfraz imposible de la impostura que denuncia y desvela «la Luz verdadera del Verbo de Dios, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo» (Juan 1,9).



Estas palabras del evangelista nos acercan aquellas otras de Jesús que él nos transmite, referidas a su crucifixión como elevación sobre el mundo, para proyectar sobre él la luz poderosa de la verdad; para descubrirle a la humanidad el valor de su muerte redentora, origen de la luz que viene de lo alto: «Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Juan 12,32). La hora de las tinieblas daría definitivamente paso a al tiempo luminoso de la luz verdadera capaz de transformar en glorificación divina la muerte del Hijo del hombre.




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