La estación de Almería

Una de las escasísimas realidades ferroviarias que podemos ver los que vivimos en Almería es la rehabilitación del edificio histórico de la estación capitalina, un hecho palpable que le devolverá todo su esplendor pasado dentro de unos meses. Veinte años de abandono y deterioro, algo que ya preveía ASAFAL a comienzos del siglo XXI y así lo denunció en su momento, ha supuesto el mayor desprecio hacia uno de los elementos singulares del patrimonio de una ciudad que se está tratando de corregir. Nunca es tarde.


Ahora viene la segunda parte, que no es otra cosa que ponerla al servicio de la ciudadanía. Pero es en este punto donde empiezan a proliferar las ocurrencias cuando está tan claro su destino que no debería suscitarse ningún debate. La estación tiene que volver a ser la magnífica estación de ferrocarril que desde 1895 ha tenido Almería, todo un privilegio que ya quisieran para ellas otras ciudades. Es la mejor puerta de entrada para los que lleguen a nuestra ciudad en tren y una excelente carta de presentación. La primera impresión es la que importa y, desde luego, nadie quedará indiferente al atravesar su magnífico vestíbulo y acceder a la plaza desde donde contemplar la majestuosa fachada del edificio que construyera la Cª de los Caminos de Hierro del Sur de España.


Volver a albergar todos los servicios ferroviarios en un edificio que fue concebido solo para eso es la solución más adecuada por varios motivos, además del anteriormente citado: no se necesita gastar el dinero del contribuyente en una nueva estación y aprovecharíamos lo que ya existe, pero totalmente mejorado; la intermodalidad seguiría existiendo al estar perfectamente comunicada por el andén principal con la estación de autobuses contigua; en caso de necesidad de ampliación del espacio disponible, existen dos inmuebles anexos al edificio histórico con una superficie importante que podrían ser habilitados para cubrir esas necesidades; se encuentra junto al aparcamiento público y parada de autobús. Todo son ventajas, incluso si consideramos que las dependencias de los dos cuerpos laterales pudieran dedicarse a otros usos distintos a los puramente ferroviarios preferentemente culturales. Todos contentos. 

Lo que deseamos es que no se tome una decisión errónea, que pudiera convertirla en un engendro, como aquella que en 1999 condenó a nuestra querida estación a veinte años de ostracismo y ruina, 

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