He sido insultado y amenazado por ir en silla de ruedas

He tardado, sí. He tardado más de un mes en tomar la decisión de hacerlo público, de escribir las sensaciones de una situación que otros habían sufrido antes y de las que yo sólo era espectador; ni siquiera testigo. Siempre he denunciado todo trato discriminatorio o de repulsa que ha tenido una persona por cualquier condición. En Almería hemos conocido algunas: impedirles la entrada a un bar de copas, rechazar que se alojen en un hotel, darles una paliza en mitad de una fiesta, perseguirles por una playa… Lo mío no ha sido tan intimidatorio ni agresivamente físico, es cierto; pero esa mirada no se me va de la cabeza.


¿Por qué no lo he contado antes? Fiel a mis principios y al cargo de representación que ostento de un amplio colectivo que en este 2019 cumplimos 40 años de vida y reivindicaciones, el mismo día de los hechos llamé a la policía y dos patrullas intervinieron para pedirle cuentas al agresor por su comportamiento despreciable y humillante. En otras circunstancias podría haber pensado que sólo era un descerebrado más, uno de esos a los que su complejo de inferioridad o su falta de inteligencia les conduce a la violencia para sentirse superiores, para saciar su frustrada sensación de que no son nadie; olvidando que el respeto y el amor se gana simplemente siendo honesto con uno mismo y con los demás.


Pero, ¿qué vi esta vez más allá de que un joven albañil, una mañana fría de invierno, me insultara por ir en silla de ruedas y terminara amenazándome con pegarme? Pudo ser su mirada de ira, esos ojos inyectados en odio y esas faces dándole forma a la rabia. Pero creo que hay algo más. Pienso que se sentía respaldado, con esa fortaleza que da el saber que no estás solo, que ya hay otras manadas que te apoyarán o saldrán en tu defensa. Y, si además, existen siglas políticas o representantes votados democráticamente (aunque no crean en la democracia) que te dan la razón, la valentía se convierte en osadía y el paso a la maldad es cuestión solo de centímetros.


Es cierto que cuando el sentido común no es comprendido por a quienes no le rigen bien sus seseras, la gente cabal, respetuosa y coherente recurrimos a las leyes para salvaguardar la integridad, hacer prevalecer los derechos y proteger a quienes están más indefensos. Pero ¿qué sucede cuando quieren toquetearnos lo legislado? O peor aún, cuando quieren derogarlo, aniquilando las conquistas logradas en aras de la justicia social. ¿Qué harían las autoridades internacionales al ver que se vulnera la protección de quienes constantemente deben mirar hacia atrás para comprobar que el puente construido no se está desmoronando?


El filósofo y abogado francés Voltaire escribió: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Pero, si viera esas miradas odiosas, ¿diría lo mismo? El maestro periodista Miguel Ángel Aguilar recuerda con frecuencia, y no exento de razón, que la libertad que tanto les ha costado a muchos conquistar (a bastantes con su propia vida), está permanentemente en peligro. No es un derecho irreversible, en cualquier momento lo podemos perder. No lo permitamos; no bajemos los brazos, combatamos la estulticia, aislemos la estupidez y tapemos las miradas de la incomprensión.

 

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