Siete días trepidantes. Las tribulaciones de una ministra portavoz

Fernando Jáuregui
14:00 • 23 sept. 2018

Cada vez que veo a Isabel Celaá sentada en la mesa desde la que, cada viernes, imparte su doctrina a los periodistas, siento como una tentación de compadecerla. No debe ser fácil seguir una línea recta de explicaciones ante cuestiones como la de las bombas ‘inteligentes’ a Arabia, los aforamientos que no tienen aún una hoja de ruta tras la 'arrancada' de Pedro Sánchez el pasado lunes... O la tesis doctoral, o lo del libro, que hay que ver la que se ha armado, total --dijo Adriana Lastra, la, ejem, ‘número dos’ del PSOE, quién sabe si para ‘ayudar’ a la ministra portavoz-- por folio y medio de copia, quinientas palabritas plagiadas de nada. Y, entonces, la señora Celaá, una figura digna, con un buen curriculum forjado en el País Vasco, sale a la palestra cada viernes a sufrir, a despejar balones, a capear temporales. Y, encima, hay colegas en el Consejo de Ministros que, como en los viejos tiempos del PP, salen a criticar por lo bajini que el Gobierno "no comunica".


Pedro Sánchez ha cometido, para empezar, el mismo error que Mariano Rajoy: ha hecho a la titular de Educación portavoz, a la vez, del Ejecutivo. Ocurrió con Iñigo Méndez Vigo y, entonces, la educación en España, que es algo que por lo visto interesa poco a los presidentes del Gobierno, sin duda se resintió. Creo que ahora, lo mismo. ¿Es Educación una cartera de segunda, sin la suficiente importancia como para no caer en la tentación de encargarle a su titular una segunda ocupación, encima tan absorbente en estos momentos como la portavocía, responsable de explicar lo inexplicable, es decir, el rumbo hacia el que va el barco de Sánchez? ¿O lo que importa poco es la propia portavocía, dado que el presidente y su asesor imaginativo creen que se bastan y se sobran para difundir La Verdad y desautorizar a los malintencionados que difunden bulos? Entonces, claro, pasa lo que pasa: que el pobre ministro/a pluriempleado/a no acaba de hacer del todo bien ninguna de las dos cosas. Y eso que Celáa tiene en su 'staff' a gente mejor, como el periodista Miguel Angel Oliver, de la que tenía Méndez de Vigo, o, si quieren, Rajoy en La Moncloa. En cambio, tengo la impresión de que la socialista vasca no está tan bien asistida comunicacionalmente cuando se pone el otro gorro, el de responsable nada menos que de la Educación y la Formación Profesional en este país que acaba de comenzar el curso, ejem, académico.


Y eso, desde luego, influye para que cunda la sensación --hay otros muchos factores, faltaría más-- para que se extienda esa idea, por lo visto expresada por el hoy fiscalmente aliviado Pablo Casado a Jean Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea: "España es un desastre". Le cazó la Sexta comentándoselo a Juncker, seguramente para, a continuación, criticar severamente a Pedro Sánchez, que para eso es Casado el líder de la oposición: para oponerse. Aunque no sé si para contribuir al 'desastre' yendo a comentarlo por ahí, casi --casi-- en plan Puigdemont, que está empeñado en ir por las Europas difundiendo que, en España, 'cuanto peor, mejor'.



España no necesita, precisamente es lo que no necesita, que se extienda la idea de que el país es un desastre. Cierto que nuestra clase política, curricularmente tan floja, contribuye poco al orgullo nacional de país, pero no es para tanto. 


Cierto es que no todo va bien, que hay errores que llevarán mucho tiempo de reparación, aunque los/as portavoces oficiales, y el propio presidente, mantengan la tradición de no admitir la más mínima autocrítica, lanzados como están a la tarea ‘redonda’ de la pirotecnia. Pero tampoco hay que rasgarse las vestiduras: si 'ellos' quieren, y nosotros nos empeñamos, esto tendrá solución. Vamos, digo yo, ¿verdad que sí, señora portavoz?





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