18 de julio

Rafael Torres
00:30 • 19 jul. 2018

Los restos del general traidor que hace hoy 82 años se sumó al golpe de estado que devendría en espantosa guerra civil por su fracaso en las grandes ciudades, y que al poco se erigiría caudillo de la sublevación, siguen a día de hoy presidiendo el monumento de exaltación fascista que lo es, a su vez, de su figura y de su legado de odio y de sangre. Si existiera en España, en el caso de haberse saldado aquella carnicería de otro modo, un monumento a quienes, por ejemplo, desviaron las columnas de presos de La Modelo que se dirigían a la cárcel de Chinchilla, más segura en aquél dramático noviembre del 36, para conducirlas al matadero de Paracuellos o Torrejón, la repulsión sería idéntica, pues los asesinos bajo ningún concepto pueden seguir proyectando su abyecta sombra, durante décadas y décadas, sobre sus víctimas, sobre la nación.


El engendro monumental que ultraja la silente belleza de la Sierra de Guadarrama no debería seguir allí, pues perpetúa la memoria, exaltándola, de quien trazó una línea abisal entre unos españoles y otros, entre vencedores y vencidos, extendiendo la guerra, con su inclemente victoria, hasta muchos años después de que el último parte rebelde la diera por concluida con la de sus armas sobre las del exhausto, desarmado y cautivo ya, ejército republicano. Ese infame pudridero de cuerpos y de almas, esa burda impostura de una falsa reconciliación de difuntos, víctimas todos ellos, al cabo, de Franco y de su guerra, no debiera estar allí, y los restos de éste, lógicamente, tampoco. Ni los de nadie.


Pero si, por fortuna, un gobierno ha tomado al fin la determinación de sacar de allí los huesos del sátrapa, y de hacer algo con aquella mole que insulta a la Sierra, a las criaturas que yacen presas en él y a la propia religión con esa gigantesca cruz intimidatoria que en los días ventosos oscila amenazante, que lo haga ya y que se deje de dilaciones y de perendengues jurídicos. Cuantos reposan en ese sarcófago siniestro, que estaban vivos y amaban y sentían y tenían hijos y padres y proyectos de vida antes de la Sublevación del 18 de Julio, merecen que se les rescate del infierno que les devoró y se les proporcione una sepultura digna donde la memoria de sus vidas se descontamine del horror que se las arrebató, y las aleje del que lo hizo.



Se trata de difuminar, de borrar en lo posible la sombra de Caín, no de debatir nada ya a estas alturas.





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