Un viaje literario a los veranos en el pueblo de los niños de los 90

El nuevo libro de Alejandro Melero conserva el poso de su tierra, Canjáyar

Alejandro Melero firma un ejemplar de su nueva novela, que ya va por la segunda edición.
Alejandro Melero firma un ejemplar de su nueva novela, que ya va por la segunda edición.

La única patria es la infancia. Ya lo dijo Rilke. Y esta es la idea que recorre, de principio a fin, ‘El secreto de la hierba’, el último libro del escritor Alejandro Melero (Almería, 1979). Una obra de la editorial Tres hermanas que ya va por su segunda edición y que conserva un poso de Canjáyar, el pueblo en que su autor pasó aquellos años en que aprendió a vivir. Los años en que se forjó su patria.

“El pueblo de la novela puede ser cualquier pueblo, pero inevitablemente tiene su reflejo en el mío”, expresa en una entrevista Melero, quien reside en Madrid, donde es profesor titular de la Universidad Carlos III. Confiesa que ahora que le están llegando las impresiones lectoras de quienes eran compañeros de clase o vecinos, empieza a ser consciente de que en la novela hay parajes que se parecen demasiado a lugares de Canjáyar o de su comarca: calles por las que niños corren detrás de su pelota, el río, vegas que ocultan secretos de algunos personajes, cortijos abandonados que recuerdan un pasado que se fue.

Y si Canjáyar ha abierto puertas y ventanas en la novela, lo autobiográfico se ha filtrado por las rendijas. “No era mi intención, pero tampoco lo he evitado. Claro, si escribes la historia de un niño en los años 90, y tú has sido niño en esa época, es inevitable que mucho de lo que aparezca sea real”, reconoce.

La trama discurre a lo largo de uno de esos interminables veranos con vacaciones escolares en que los niños de los 90 exploramos una libertad que discurría entre cabañas, carreras en bicicleta y excursiones al campo. Melero asegura que nunca ha terminado de abandonar esos veranos que ocupan un lugar muy especial en su memoria y que, de hecho, ya han aparecido en otras obras suyas. “Tampoco te diría que los he idealizado con el paso del tiempo porque ya los idealizaba bastante mientas los vivía. Eran los veranos de las pandillas de amigos, de los primos que venían de la ciudad, en una época donde no había internet ni dependíamos tanto de las pantallas porque la televisión era diferente. Una tarde tras otra, llenas de tiempo para experimentar”.




Secretos y matriarcado
‘El secreto de la hierba’ arranca el último día del curso y relata el verano que cambiará para siempre a Miguel, su protagonista, que irá afrontando misterios relacionados con su pueblo y su familia hasta dejar atrás su infancia. Es una historia de secretos y casi un homenaje a los matriarcados que sostienen a las familias de este país.


“Miguel es un niño que vive rodeado de sus tías, su maestra, su mejor amiga, otras mujeres del pueblo, y son esas mujeres las que, de manera consciente o no, van sembrando en él las dudas que le llevan a querer saber más sobre su familia y su pueblo, y el pasado misterioso que tanto le intriga. Según avanza la historia, esas dudas van iluminando el camino que sigue el protagonista para encontrar sus respuestas. También hay personajes masculinos, como su hermano o su padre, o el abuelo moribundo, que es quien más secretos guarda pero no los puede revelar. En esta historia, las mujeres son más generosas a la hora de abrirse y son las que finalmente guiarán a Miguel en su viaje a conocerse mejor”, puntualiza el narrador.




Podría decirse que estamos ante una novela generacional que recuerda la música de esos veranos de los 90, las revistas, los programas de televisión y también eventos históricos que forman parte de nuestro legado sentimental. No en vano, cada capítulo está precedido por un pequeño texto que recrea esa época, de noticias a anuncios, pasando por extractos de la Biblia o boletines de notas. Se trata de una suerte de 'collage' que trata de captar la esencia de entonces: su lenguaje, las inquietudes o sus modas. “Es el verano del 92, con las Olimpiadas, la Expo de Sevilla, y otros eventos que nos marcaron mucho (...). Son pequeños pasajes que añaden un punto de documental a una historia que es completamente ficticia”.

El título es un guiño a ‘El maleficio de la mariposa’ de Federico García Lorca porque, de hecho, la historia comienza con la representación escolar de esa obra, que es “una de las más poéticas de cuantas escribió Lorca”, que está presente a lo largo de la trama.

El dramaturgo y el novelista
Alejandro Melero tiene tras de sí una exitosa carrera como dramaturgo. Entre sus obras, destaca la comedia ‘Clímax’, representada de forma ininterrumpida desde 2013. A la pregunta de su experiencia como autor teatral se deja notar en su faceta como novelista, responde que para él lo importante es “contar historias que sorprendan”, el medio importa poco.

“Escribir para teatro te curte en las dificultades y las satisfacciones de los diálogos, que son muy importantes en esta novela porque el protagonista siempre está intentando escuchar esas conversaciones de los adultos. He escrito más teatro que novela, así que las ventajas de una novela me parecen muy agradecidas. La novela se hace en soledad, y en el teatro el texto se entrega y llega a otra gente, que lo va enriqueciendo. ¡Ojalá una versión teatral de ‘El secreto de la hierba’! Sería genial ver las calles de un pueblo que se parece a Canjáyar recreadas en un escenario”, desea.


¿El inicio de la España vaciada?

Investigando para la novela, Alejandro Melero se dio cuenta de que es precisamente en esa época, a principios de los 90, cuando el debate de lo que hoy llamamos España vaciada comenzó a tener fuerza. “Leyendo artículos de la época, me da la impresión de que fue un momento importante que no se supo aprovechar. Yo presencié cómo los campos dejaban de trabajarse y sus árboles, que habían sido tan ricos y dado trabajo a tantas familias, se convertían en leña. Las escuelas que estaban llenas de niños empezaron a reagrupar a sus alumnos en grupos más pequeños”, relata.

A su juicio, nuestros pueblos merecen que haya trabajo y oportunidades para quien quiera vivir allí, y no se han cuidado lo suficiente. “No pueden quedar como un recuerdo ni un lugar al que solo se va de visita, pero, sobre todo, no se puede privar a la gente de allí de elegir qué forma de vida quiere llevar y dónde vivirla”, concluye.




 

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